Toda mi vida he estado muy cerca de la música, de las parrandas improvisadas, de las tertulias con musiquita de fondo y los amaneceres brillantes con guitarra, ron y playa. Aunque me reconozco fanática de casi todos los géneros musicales, para mi desgracia canto muy mal. Como consuelo, debo confesar que toda mi familia canta mal, muy mal; tanto que si vemos a alguien cantando de manera desafinada, inmediatamente lo adoptamos porque seguramente es nuestra familia. Gracias a Dios sufrimos de pena ajena, de miedo al ridículo y miedo escénico. En fin, como amamos la música, sabemos que hay cosas que no se pueden hacer con la música: maltratarla, por ejemplo. Con este reto me he propuesto llevar un orden que va desde el más antiguo recuerdo musical, hasta el más reciente. Creo que si mi vida fuera una película, tendría una banda musical muy rara, inconcebible, de fusión. Hoy voy a comenzar con uno de los recuerdos más entrañables de mi infancia y el que atesoro de manera especial. A esta parte la llamaré:
Mamá, los domingos y el planchado
Para nadie es un misterio que el domingo es el día más chimbo de la semana. No es el lunes, es el domingo. Y ya eso lo sabía cuando estaba pequeña. Recuerdo que los domingos era el día que mi mamá tomaba para las labores del hogar, especialmente para el lavado de la ropa y el planchado. También era el día de las carreras de caballo, de la voz de Aly Khan retumbando por la casa y del acaparamiento, por parte de mi papá, del único televisor que teníamos en esa época. Desde que nos despertábamos, nuestros padres nos hacían saber nuestras obligaciones y la gran advertencia del día: Hoy no hay calle. Nuestra vida transcurría como la de esos perritos que se quedan en los rincones sin saber qué hacer, persiguiendo a sus amos y recibiendo órdenes. Una de las actividades típicas era quedarse en el cuarto de planchado con mamá, ayudándola a doblar la ropa, buscar ganchos y poner la música.
En esa época mi mamá tenía el cabello negro largo y usaba argollas de oro. Normalmente usaba una pañoleta y batas de algodón. Nosotros nos sentábamos al piso, a veces en sillitas de madera que traíamos de otro cuarto para poder hacer los trabajos que nos asignaba. Uno de los trabajos era cambiar la cinta o cassette cuando terminaba. Fastidioso para todos era cuando el reproductor se “comía” la cinta y debíamos sacarla y arreglarla. A veces hasta se rompía la cinta y debíamos llevársela a papá para que la arreglara. Mi mamá tenía un montón de cassette, la mayoría era grabado, porque en esa época se grababan de un reproductor a otro, de rancheras, boleros y de cantantes de la época: desde las Hermanitas Calle, Yolanda del Río, hasta Julio Jaramillo, Leo Dan y José Luis Rodríguez.
Mi madre que en esa época era muy joven, tenía preferencia por este último, seguramente era su amor platónico, de allí que siempre nos pedía que la pusiéramos una y otra vez. Recuerdo un día que se rompió la cinta y fui corriendo a donde papá para que la arreglara y padre, que siempre le tuvo vaina al Puma, dijo que esa cinta ya no servía, que la botáramos. Yo, como la muchachita del jamón Plumrose, me fui con la cabeza gacha y triste pensando que mamá ya no escucharía más a su ídolo. Nada más lejos. Papá en esa semana le compró a mamá el cassette original del Puma. Recuerdo que la cinta era azul y un José Luis Rodríguez joven con su melena frondosa engalanaba el estuche plástico. Era la primera cinta original que tenía mi madre y era de su ídolo. Creo que ese día papá ganó todos los puntos del mundo (o los recuperó).
Debo decir que son muchas las canciones que escucho y me recuerdan a mi mamá y su planchado de los domingos. Pero hoy quiero comenzar este reto con esa canción que mi mamá escuchaba una y otra vez, y que yo llegué a apreciar como si fuera mía.