RUMORES EN EL PUEBLO
El día que yo me enteré de la broma, quise ir a darle una palabra porque aquí aunque yo no olvido, no le guardo rencor. Por mi madrecita querida, no lo hago. Lo pasado, lo dejo ahí, y hasta por el bien mío. Hay pasados que pesan mucho y yo cargaba ese como si fuera un saco en la cabeza, en la espalda y hasta en la alma. Pero un día me desperté y me di cuenta que estaba seca. Me dolían los hombros por esa cruz y los ojos de tanto llanto. Y me dije a mí misma: usted quería desde chiquita que ese hombre la embromara, porque si había una mujer que le sacaba cuadro a Sebastián, era yo. Cuando yo veía que ese hombre venía cruzando la calle, el cuello se me erizaba como gallina piroca. Ahí mismito iba yo a saludarlo y a decirle que había hecho dulcitos de cocos y guayabas que a él le encantan tanto. Inmediatamente iba y le llevaba unos a su casa en la noche y me le metía en la casa, esperando que la mamá no estuviera ahí, para buscar los labios de Sebastián, su lengua, todo. Y él se dejaba hacer. Él se quedaba tranquilito y yo era la que me lo bebía, me lo comía con hambre, porque la carne de Sebastián es sabrosa. Yo no tengo por qué decirte esto, pero yo conozco las malas lenguas de por aquí y sé que muchos han echado mal el cuento.
Cuando Sebastián se buscó esa mujer, yo sé que todos creyeron que me iba a matar o hacer algo. No te voy a negar que me dolió, que a los primeros días sentía como la vida se me caía encima, hasta las ganas de comer se me quitaron, pero ya eso se me pasó. Yo entendí que había perdido y cuando uno llega a sentirse así, todo da lo mismo, como si fuera ajena a la desgracia. La hombría de Sebastián es un anzuelo, uno lo ve y se le van los ojos, pero si caes allí, mueres. Y eso lo descubrí yo tarde, pero no me arrepiento, porque tú sabes qué hubiese sido triste, que Sebastián nunca hubiese ocurrido en mi vida. No haber probado su miel dulcita y líquida.
Ahora esa mujer lo dejó y ese hombre debe estar como loco en esa casa solo. Yo lo conozco y sé que a Sebastián le gusta la carne de hembra todos los días. Que se le monten y lo cabalguen, él es mansito y se queda quieto. ¿Que por qué lo dejaría? Ah, pues, mujer, y qué voy a saber yo. Yo lo único que te puedo decir es que la carne de Sebastián no es para cualquier mujer. No, mija. Y esa mujer se nota que es floja, de las que se llenan rapidito. La primera vez que la vi, tan delgadita de cadera y con esa boquita chiquita, yo lo dije: esta no le va a aguantar el trote.
Si quieres vete tú, yo voy a esperar un momento más para ir a casa de Sebastián a ver si necesita algo. Hoy justo hice unas conservas de guayaba y de repente le lleve. Yo realmente no quiero ir, pero yo conozco a la gente mal hablada de por aquí que seguro dirá algo si no le tiendo la mano. Seguro dirán que es despecho. Y por mi madre santa, nada que ver. Yo mejor le llevo su dulcito, que yo conozco a ese hombre y desde que su mujer lo dejó, ya han pasado tres días y ese seguro tiene hambre.