Íncubo
Ella no sabe, pero en la oscuridad estoy velando sus sueños como una presencia invisible. No sabe que estoy aquí, esperando que el sueño la venza, para lamerle los pies, untarle con saliva los ojos, tocarle la mano que sale de la sábana, montarme encima de ella y chuparle el aliento. Ella no sabe, pero me presiente: sus pesadillas le han hecho un hueco en el pecho y por eso al dormir se persigna, mira hacia los lados, aprieta los ojos fuertemente.
Ella no sabe, pero lo sabrá mañana, cuando le duela el cuerpo, cuando descubra mi presencia en su piel desnuda: un morado en el cuello, un dolor en la pelvis, un líquido salir por entre sus piernas. Sabrá que no está sola en la habitación, que detrás de ella estoy yo, siguiendo sus huellas; agazapado y en silencio; que subo y bajo su cuerpo lentamente aprovechando la noche, aguardando que se abran sus anchas cavidades, como si fueran puertas, y así entrar de una sola vez. Ese dolor que siente en los riñones, ese escalofrío en las piernas, soy yo.
Regreso cada noche, le quito la vida, a ratos y a retazos, de a poquito. Aunque no llueve, siente frío. Sueña con la muerte que la persigue, con mares que le ahogan, con abismos. Montado encima de ella, no puede hacer nada. Bocabajo, aunque quiera, no puede moverse. Tampoco puede abrir los ojos, no puede verme; no consigue hablar, aunque siente una fuerza que la precipita a la agonía de la asfixia. Es tarde ya: el cuerpo tieso, las piernas rígidas, su boca muda, no responden. Sabe que son las 3 y 33 de la madrugada: la hora fecunda para sus miedos.
Mañana, cuando despierte, será más mía que de nadie. El pensamiento fijo y repetido de mi presencia le hará una muñeca de trapo que le teme a la noche como si la oscuridad fuera una puñalada que le quita la vida. Mañana y los días que le quedan, temerá quedarse dormida. Me presentirá en la orilla de la cama y abrirá los ojos con cada ruido. No lo sabe, pero mi esperma ha llenado de muerte su vientre.
=:+:=
Ella no sabe, pero lo sabrá mañana, cuando le duela el cuerpo, cuando descubra mi presencia en su piel desnuda: un morado en el cuello, un dolor en la pelvis, un líquido salir por entre sus piernas. Sabrá que no está sola en la habitación, que detrás de ella estoy yo, siguiendo sus huellas; agazapado y en silencio; que subo y bajo su cuerpo lentamente aprovechando la noche, aguardando que se abran sus anchas cavidades, como si fueran puertas, y así entrar de una sola vez. Ese dolor que siente en los riñones, ese escalofrío en las piernas, soy yo.
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Regreso cada noche, le quito la vida, a ratos y a retazos, de a poquito. Aunque no llueve, siente frío. Sueña con la muerte que la persigue, con mares que le ahogan, con abismos. Montado encima de ella, no puede hacer nada. Bocabajo, aunque quiera, no puede moverse. Tampoco puede abrir los ojos, no puede verme; no consigue hablar, aunque siente una fuerza que la precipita a la agonía de la asfixia. Es tarde ya: el cuerpo tieso, las piernas rígidas, su boca muda, no responden. Sabe que son las 3 y 33 de la madrugada: la hora fecunda para sus miedos.
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Mañana, cuando despierte, será más mía que de nadie. El pensamiento fijo y repetido de mi presencia le hará una muñeca de trapo que le teme a la noche como si la oscuridad fuera una puñalada que le quita la vida. Mañana y los días que le quedan, temerá quedarse dormida. Me presentirá en la orilla de la cama y abrirá los ojos con cada ruido. No lo sabe, pero mi esperma ha llenado de muerte su vientre.