El Destino, en su imparcialidad, acude a nefastos medios para verse realizado.
¡Saludos, guerreros de Ares y cazadoras de Artemisa!
¿Y si les dijera que no importa lo que hagan no podrán escapar del destino que se les fue predispuesto?
Venga, siéntense. La historia de hoy posiblemente los deje con las bocas abiertas. Así que no digan que no se los advertí.
Respeto a los dioses. Pero siempre me he negado a que alguien más determine qué es lo que me deparará el futuro… Sin embargo, en la antigua Grecia hubo una vez un hombre que no pudo huir de su destino.
¡Mandemos a preparar algo de comida!
La ciudad de Tebas era reinada por el rey Layo y su esposa Yocasta. El rey acostumbraba a visitar frecuentemente el templo de Delfos, lugar donde habitaba el oráculo más poderoso e importante de todos, ¡hasta los dioses acudían a ella! En fin, Layo hacía esto para así saber cómo gobernar sobre su tierra, determinaba de este modo cuales eran las mejores decisiones para él y su pueblo.
Un día, el oráculo le profetizó algo que lo llenó de temor. El primer varón que naciera de su unión con su esposa, estaría destinado a matar a su padre y a desposar a su madre. Horrorizado regresó a su palacio y ocultó esto a su esposa, esperando nunca ver realizada esta profecía.
¡Pero por supuesto que no fue así! ¿Sino dónde estaría lo interesante en esta historia?
Su primogénito varón nació años después. Lleno de miedo por las palabras del oráculo, Layo decidió tomar el destino en sus propias manos. Mandó a abandonar el bebé en uno de los caminos más alejados de la ciudad. Él no tenía el valor para matar a su propio hijo. El bebé fue encontrado por un pastor llamado Melibeo, el cual se dirigía a Corinto. El viajero se apiadó del niño y lo llevó consigo a la corte del rey de Corinto, Pólibo, quien junto con la reina Mérope adoptaron al bebé y le dieron el nombre de Edipo.
El bebé creció hasta convertirse en hombre. Y como era costumbre entre los habitantes de Grecia, decidió un día acudir al oráculo de Delfos. A los oídos de Edipo, la profecía fue una vez más recitada, estaba destinado a matar a su padre y unirse con su madre. Esto lo hundió en la preocupación, ¡amaba a sus padres!, no podía permitir que se cumpliera dicha profecía, por lo que no volvió a su hogar, y en su regresó decidió ir a la ciudad de Tebas.
Camino al reino de Tebas, transitó un camino rocoso que resultaba muy estrecho, se topó entonces con un carruaje conducido por un hombre. Estos dos entraron en discusión por quien debía quitarse del camino para dar paso al otro. Lamento decir que, llevado por la ira y frustración que sentía por todo lo que le ocurría, esta discusión terminó con la muerte del conductor a manos de Edipo.
Temeroso por lo que podían hacerle en la ciudad si descubrían su crimen, se desvió por un tiempo… pero él estaba totalmente ajeno a lo que sucedía en Tebas.
Por años, el rey tuvo amoríos con un hombre llamado Pélope. Hera, diosa del matrimonio y la fidelidad, se asqueó ante esto, ¡para la diosa esto era un acto abominable! Decidió así castigar al reino de Tebas. Envió a la Esfinge, criatura hija del Padre de los Monstruos, Tifón y la Monstruosa Ninfa, Equidna.
La Esfinge fue un monstruo con cuerpo de león y cabeza de mujer. De su lomo brotaban dos grandes alas de águila que le permitían dar caza a sus desafortunadas presas. Posada en una de las montañas de Tebas, esta devoraba todo a su alcance. Aquellos que querían ir a Tebas y se topaban con ella, debían responder a un acertijo para poder pasar, o serían comidos. ¡Eso si la encontraban de buen humor!
Edipo decidió retomar su camino… y en efecto se encontró con la Esfinge. Se posó ante él de manera imponente, extendió sus enormes alas y escupió el acertijo: “¿Qué ser de esta tierra camino primero en cuatro patas, luego en dos, y por último en tres?”
Esas fueron las palabras de la criatura. El bello rostro de mujer sonrió, ya estaba saboreando a su próxima presa.
El joven pensó por un momento. Finalmente respondió: “Es el hombre. El cual gatea con sus manos y piernas al ser un bebé, camino sólo con sus piernas en la madurez y finalmente se apoya con un bastón cuando es viejo.” Llena de ira y sintiéndose humillada, la Esfinge se lanzó al vacío desde las montañas, suicidándose.
El reino de Tebas era libre, y este estaba dispuesto a premiaron a aquel que los liberó de la opresión de los dioses. El nuevo rey de Tebas, Creón, había ofrecido la mano de su hermana a quien pudiera dar fin al nefasto reinado de la Esfinge.
Fue así como Edipo, se casó, y con el tiempo se convirtió en el rey de Tebas. Con su bella esposo tuvo cuatro hijos, llamados Antígona, Eteocles, Polinices y Ismene.
Su reinado fue próspero y feliz.
Hasta que un día, una epidemia azotó lo ciudad, fue conocida como la peor desgracia que había caído sobre el reino. Desesperado, Edipo emprendió un nuevo viaje a Delfos, para tener una audiencia con el oráculo. Sus palabras fueron claras: La desgracia abandonará tu pueblo, cuando a quien mató al predecesor de Creón, encuentres y destierres.
Motivado por el bienestar de su familia, el rey acudió al famoso adivino de Tebas, Tiresias, con la esperanza de que le dijera quien era el causante de tanta desgracia. Para su sorpresa, la verdad sobre quien era él realmente le fue revelada.
Se le fue dicho que el rey predecesor de Creón, era Layo, su verdadero padre, a quien Edipo mató en su discusión camino a Tebas años atrás. Creón tomó su lugar junto a su hermana Yocasta, con quien Edipo estaba ahora felizmente casado, quien resulta ser su madre. La profecía del oráculo se cumplió, le dijo el adivino.
La verdad era devastadora. Horrorizado y perplejo volvió con su esposa e hijos para contarles la verdad.
Yocasta no pudo aceptarla, era demasiado para ella, por lo que se suicidó colgándose de unas de las vigas del palacio. Tres de sus hijos lo maldijeron de por vida. Conducido por la locura Edipo se sacó los ojos con un broche del vestido de su esposa.
Sólo Antígona cuidó de él hasta que se volvió viejo para finalmente morir y entregar su alma a Hades.
Una historia triste sin duda, hermanos y hermanas. Pero les diré una cosa, aunque los dioses me han bendecido en las pocas batallas que he librado, ni siquiera dejaré que ellos determinen mi destino, si no estoy de acuerdo con este, claro está. Se ha hecho tarde, he de regresar a casa. Espero les haya gustado esta historia.
¡Me verán cuando las ninfas regresen con sus canciones!
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