A veces, la batalla más difícil no se libra en el asfalto, sino en la mente antes de amarrarse las trenzas. Hoy me levanté con el cansancio pesando en el cuerpo y la motivación a media marcha, sabiendo que el menú del día eran las temidas series largas de “Catalan”. El nombre suena técnico, pero la realidad es una cuesta de 400 metros que, al final, se transforma en una pared literal donde parece que quiere llegar a la cota mil.
Subir con la cabeza al 100 % ya es un reto, pero hacerlo cuando el ánimo flaquea requiere una disciplina distinta. Sin embargo, hay una magia especial en cumplir porque tienes que hacerlo. Al terminar mis siete rondas reglamentarias, la satisfacción borró el agotamiento inicial. Ver las estadísticas y notar que, pese a no ser mi tiempo récord, la consistencia estuvo ahí, me devolvió la energía.
Lo más valioso, sin duda, fue el cierre. Me quedé para acompañar a una compañera en su última serie, completando una octava vuelta que fue más corazón que piernas. Aunque yo intentaba animarla, sentí que su esfuerzo me empujaba más a mí que viceversa. Me recordó que el running es comunidad; cuando flaqueas, siempre hay alguien que te sostiene. Con la carrera de la one run en el horizonte, este entreno fue el recordatorio perfecto de que para lograr ese PR, la mente debe ser tan fuerte como las piernas. ¡Logrado!