Ayer vivimos una jornada inolvidable en la media maratón de la One Run, una carrera que nació con el firme propósito de unir a los corredores en un solo bloque de energía y superación. Para mí, esta edición tenía un significado muy especial: era mi segundo año consecutivo participando. Sin embargo, el desafío era completamente distinto. Mientras que el año pasado devoré la distancia de los 10K, este año decidí dar el gran salto y probarme en los exigentes 21 kilómetros.
He pasado meses entrenando duro, devorando kilómetros, series y cuestas con una meta clara: bajar mi marca. Mi objetivo inicial era cruzar la meta en dos horas y media, pero el asfalto nos tenía preparada una sorpresa mayor. Con un tiempo final de 2 horas y 18 minutos, logré registrar un nuevo PR absoluto en la distancia; una marca que ni siquiera en las largas e intensas semanas de preparación para la CAF había rozado.
El clima se puso de nuestro lado. Aunque la humedad sumaba calor, el sol implacable de los días anteriores nos dio un respiro. Además, la ruta estuvo fantástica, con esa música vibrante que siempre empuja en los primeros kilómetros. Correr acompañada por dos grandes compañeras hizo que todo fuera aún más especial. Hoy solo queda felicidad: cada gota de sudor y cada entrenamiento valieron la pena.