Aprovechando que estoy de vacaciones de la universidad, hoy quise darle un giro a mi rutina. Aunque extrañé la energía de mi equipo, me fui sola al parque para enfrentar unas series de 400 metros que tenía tiempo sin hacer. No les miento: retomar esa velocidad fue un golpe de realidad, pero lo que más me sorprendió no fue el cansancio en las piernas, sino el esfuerzo del corazón.
Por primera vez, mi reloj marcó mis pulsaciones máximas. Fue un reto total controlar la respiración mientras sentía el pecho a mil. Además, el solazo de la mañana fue el protagonista. Elegí esa hora a propósito porque en mis últimos fondos dominicales el calor me ha pasado factura, y necesitaba entrenar esa resistencia térmica. Correr bajo ese sol intenso, buscando que mi cuerpo aprenda a gestionar el esfuerzo cuando el clima no perdona, fue una prueba mental durísima.
Terminar cada serie fue una pequeña victoria. Aunque me faltó el empuje de mi grupo, este entrenamiento en solitario me sirvió para conocer mis límites y entender cómo reacciona mi cuerpo bajo presión extrema. Sé que estos kilómetros sufridos, con el pulso a tope y el sol quemando, son los que realmente me harán fuerte para lo que viene. ¡Seguimos sumando!