Las estatuas del cementerio esperan por un saludo, pero se acuestan tarde en las noches, tristes porque nadie las miró por un instante. Y observan a las sombras que proyecta la luna cuando está llena, notando como crecen y cómo caen en el suelo sagrado, muchas veces profanado, las largas sombras de las estatuas y los crucifijos. Luego el más dichoso espectáculo, la salida del magnifico que iluminará a cada una de las petrificadas y melancólicas presencias. Las estatuas del cementerio vuelven a alegrarse con las visitas de aquellos que van a lo suyo, y que igual no se detienen a observar a las tristes y bellas piezas de arte, antiguos y nuevos tributos para aquellos que vivieron y ahora descansan sus restos en aquellos terrenos.
Hay que observar a las dignas estatuas así sea por un instante, para que brillen cada vez que salga el sol y alejen la tristeza que parece que siempre las acompañará. Porque a la final, todos esos tributos son grandes y humildes obras de arte que, obligatoriamente, debemos admirar.