Ayer fui a los sitios donde fuimos felices. Y aunque no tenía por qué hacerlo, lo hice. Quizás impulsado por la loca creencia de que existen portales en el tiempo. Fui al parque que bautizamos como “de los enamorados” en el ala desértica de la universidad. Aunque la primera vez que fuimos sólo había una pareja, luego ninguna, y una vez vi a un vagabundo dormir en uno de los bancos pintados de verde. Pero vamos, no sé qué pudimos verle a ese lugar, francamente es espantoso, horrible. Mientras lo decía recordé una colección particular de lugares que ahora me parecen destruidos, faltos de la magia que un día vibraba en su aire. Cenizas de la fantasía. Y me di cuenta, perfectamente, que les haces falta tú. Y en este parque lleno de óxido, impregnado con la tristeza de la revolución del verano pasado, le hace falta tu risa retando al viento, tu mano cerrada sobre la mía en un instinto maternal dulce y aquel aire de locura divina que te servía de excusa para volar sobre estos lugares descarnados de pasado. Enterrados en la memoria. Ahora sé que tú hacías latir la ciudad.
Regresé angustiado y feliz sabiendo que desde que te fuiste te he estado buscando. Por si dejaste alguna parte de ti en este país roto. Eso me hizo evocar la profundidad de tus ojos castaños. Y miré a todos lados, como cuando te perdías, y tu voz me llegó junto con tu aliento y me decías cálmate, estoy aquí. A veces, en la antesala de la tarde llena de lluvia, pienso en el camino de azulejos. Recién nos conocíamos en Caracas y nos cansamos de caminar bajo un sol eterno como la injusticia, buscando un parque que una señora nos había indicado. Recuerdo mucho esto; tu cara sonrojada al calor y tus pasos rápidos y el por qué nunca llegamos al final. A veces en mis sueños me pregunto por qué. Ya que es muy difícil tratar de calmar la sed de angustia que me da, al no encontrarte en Sabana Grande, ni perdida en la Hoyada ni yendo de aquí para allá en Plaza Venezuela. Ahora, he de confesarte un poco culpable, que cuando leo en el metro levanto la vista a cada rato, quizás por la ilusión fantasma de que vuelves a preguntarme las cosas más absurdas del mundo. Y luego sonreías.
Me faltaron tantas cosas que contarte, como que una vez sentí miedo, pero no un miedo sobrenatural, sino al fracaso. A que la universidad, el trabajo, una vida adulta que no creía que traía tanto peso, me aplastara. Y como ese día dormimos juntos, al día siguiente estaba con esperanza; esperanza en crear el futuro que un día hablamos en la fiesta de Marianne, de tener un apartamento cerca de una librería y que con nuestros sueldos de miseria, de sobras, construiríamos un hogar; un hogar con sus defectos, claro, pero un lugar en donde tú y yo éramos felices, en donde me contabas cada cosa, como la primera vez que fui a Valencia y me diste un recorrido por tus recuerdos. Y volvías a tener cinco años al explicarme que no tenías muchos amigos, que te encantaba tu televisor; podías pasar un día entero viendo películas, que tú conocías a tu tortuga y por eso la paseabas, y que tu perro era feo, pero era tuyo y tú lo querías. A veces no puedo contarte todo lo que siento, porque sería abrir un acceso a la nostalgia. A profundizar en el tiempo.
Porque aunque no lo creas, yo creo que existimos en otro tiempo. En el día antes de mi cumpleaños. Volvemos a estar asfixiándonos en el calor de la tarde, y comiéndonos un pedazo de torta cada uno, mientras yo decía que era dios. ¿No pudiste entenderlo? era dios porque estaba contigo y esos días juntos eran el Edén, era perfecto.
Quizás nunca desperté y ahora mismo estamos durmiendo juntos. En este mismo instante tú te levantarás y me dirás, mira, te compré esto. Como una niña orgullosa intentando hacerme feliz. Y yo recordaré otro ¡MIRA! en la cafetería de Humanidades y otro libro. Pero esta vez es diferente, esta vez tú estás muy muy contenta. Y yo quisiera devolverte parte de la felicidad que me das.
¡Tiene que ser eso, ya lo resolví! Aun no hemos despertado. Aun es un día antes de mi cumpleaños…
Por si te preguntas por mí, aún sigo regateando mal con los libreros de las Fuerzas armadas. Ahora escribo mis historias, y las leen. En serio, las leen. ¿Podrías creerlo cuando te las contaba entre chiste y chiste en la cafetería? Sigo yendo a Bellas Artes y entre los discos de vinilo aguardo a que me lean las líneas de la mano. La ciudad ha aceptado mi depresión y después de que su último grito de rebeldía fue acallado, parece estar resignada a su destino. Aun así hay gente que se arriesga a ser feliz y por ahí cuentan que les va bien. Yo no lo sé, yo me guardo muy bien el secreto de tus ojos.