Memorias de un ancianato
Después del accidente creyó que había muerto. Porque aquella cosa que el espejo devolvía, con un muñón a la altura del codo, una pernera al aire y un ojo vacío, no era él. Quizás, además de sus extremidades, había perdido la memoria. No podía recordar mucho. Solo aquel intenso rojo destrozando el asiento del copiloto. Adentrándose, en forma de viga, a su cráneo hasta convertirlo en una pulpa de dolor. Nadie en el hospital, durante los dos años de coma, apostó a que sobreviviría. Tampoco podían creerlo cuando se levantó pidiendo agua. Su ojo perdido era una niebla blanca y su brazo y pierna palpitaban invisibles.
En su rehabilitación y durante los cortos periodos de audición que le permitía su lado machacado, como terminó llamándolo, oía dos voces conversar bajo. Cuando le dieron de alta seis meses después y llegó a su casa vacía —nunca se preocupó en hacer familia ni busco a la escasa que tenía—pensó en la manera de afrontar la montaña de facturas del hospital, también pensó en volver y pedirle al doctor que le explicara por qué su ojo perdido se le llenaba con una extraña agua carmesí, y si aquellas voces que al principio era amables y ahora burlonas eran normales. Quizás si lo eran ¿No?.
El ancianato.
Llegué tarde al turno. Saludé en mi camino a la limpieza de las habitaciones a Ana Maria, la viejita de mejillas rosadas que sus hijos habían abandonado, meciéndose en la entrada. Intenté pegarme a la pared al ver a Evan, mi jefe, venir hacia mí.
—Otra vez llegando tarde ¿no? ¿Qué le pasa Luis? de todas maneras no es necesario que haga nada, ya los encargados del turno de la noche terminaron aquello. Pásele un trapito a la sala común me hace el favor— se detuvo masajeándose las manos con aire cauteloso, sus facciones abotargadas lucían cansadas. Tuvo la intención de decir algo más, lo pensó, y siguió su camino.
Asentí y me dirigí a buscar los instrumentos. “El turno de la noche” pensé, no pude retener un escalofrío.
En la sala común estaban jugando cartas. Observé a Clay mientras barajaba. Un testigo de lo absurdo del odio, después de la guerra de hace dos años, ahora estaba allí con una mirada verde y perspicaz, sonriendo tranquilo.
Sentí que me tocaban el hombro. Volteé.
—Hola Luis… yo—Penélope, mi compañera de turno, se halaba el uniforme blanco que contrastaba con su piel morena. Estaba nerviosa y alterada. Me pregunté por qué hasta que lo comprendí. Vi el terror en su mirada. Viré en todas direcciones hasta que oí...
—Es Barrigton—su voz era un jadeo. Me pregunté cómo no pude verlo antes, hubiera debido estar en el círculo de las cartas bromeando con Clay. Barrigton era la clase de hombre que en su juventud no hubieras querido pasarte de listo, con un enorme vozarrón para reclamar una segunda ración de flan en la cena y esos brazos, flácidos, sí, pero enormes que descansaban ahora inertes sobre el sofá desde donde veía la televisión. Tenía los ojos abiertos pero los colores le resbalaban, bañándolo.
— Está así desde esta mañana. No come, ni habla. ¿Crees que sea la medicina que le estamos dando? Dios por favor que no, no me gustaría ser quien provoque esto. Ya van tres Luis. Y Richards ni siquiera parecía enfermo — sollozó Penélope. La preocupación desbordaba en sí.
En una primera instancia pensé que a Richards, que repetía constantemente el nombre de su hijo muerto paseando con su andadera, había claudicado. Su pesar por fin había vencido convirtiéndolo en un zombi de pasillo. Lucas, el antiguo trompetista de Jazz, fue el segundo. De un momento a otro su mirada se perdió en la nada para no regresar. Y ahora Barrington, sentado allí como un bobalicón. Algo estaba sucediendo en el ancianato. Un repentino aire que al parecer solo yo sentí, se coló en la sala. Desde los dos primeros episodios había querido alejarme de los ancianos y es que a pesar de su carente vitalidad en los ojos de Barrigton, alrededor subsistía una especie de aureola negra, un miedo cercano, como si algo o alguien le hubiera rociado con temor. Era como… una bruma blanca. Era un frío, una vez te invadía lo sentías en todo el cuerpo.
— No creo que sea la medicina, ni el hundimiento senil, Penélope— dije pensando en el tullido del turno de la noche. Del asqueroso manco que le faltaba medio cuerpo. Y es que Lars, aparte de su repulsivo aspecto castroso, tenía un ojo que si lo mirabas bien se movía en un mar blanco.
“El turno de la noche” pensé una vez más. El escalofrío no tardó en llegar.
El turno de la noche.
— Dinos Lars, ¿Cómo te sientes?, ¿te han servido los grupos de apoyo y caridad… bueno— El doctor Mann levanto los hombros, cómplice— Los grupos de trabajo social?
— Miedo, eso me da, Penélope, tienes que ver como se mueve su único ojo...es… da temor, solo velo— dije, llevaba meses pensando en el turno de la noche, desde que había ingresado.
— Solo tienes que dejarte llevar, no dolerá anciano— la voz de Lars era suave, una nana para dormir— ¿Te duele?
— No, no me duele doctor, pero a veces siento que dos voces discuten en mi cabeza. Quizás algo pasajero. Pero lo que me cansa es el ojo, se me llena de una bruma y eso me da…
— Miedo, Penélope, el grupo de la noche tiene algo extraño—pronuncié sin apartar la vista de Barrigton.
— Solo duerme, descansa anciano, eso es, cierra los ojos, tengo hambre—. Lars arrullaba tierno a Barrigton. Una canción deliciosa— ¿Qué vas a hacer?
—Me voy a cambiar, eso haré Penélope, no puedo seguir esperando a ver qué pasa. Creo que me da más miedo esperar, es solo que…
—...solo que, doctor, a veces las voces hablan muy fuerte. Me despiertan a mitad de la noche. Y siento hambre.