Como todas las tardes a eso de las cinco, me dirigí a la escuela donde mi hija de nueve años estudia tercer grado. El clima era fresco y el cielo estaba despejado. Espere afuera mientras conversaba con otras madres que también esperaban a sus hijos.
Mi niña llegó corriendo como siempre lo hacía. Me dio un beso y me entregó su morral para que se lo llevara. Estaba muy pesado.
–¡Hija! ¿que tienes en el morral?, parece que llevas piedras en él.
–Si mami, la maestra nos dijo que las buscáramos en el parque para que las pintáramos en la casa. Es una tarea. Tenemos que entregarla el lunes.
Hoy era viernes y pensé con alivio que tenía tiempo para ayudarla. Al llegar a la casa, abrí el morral para sacar las piedras. Estaban dentro de una bolsa y cuando la toqué me quemé los dedos. Busque la pinza, agarre la bolsa y la llevé a la cocina. Con cuidado las saque de la bolsa. Eran unos guijarros grises, ahora estaban fríos, despedían un olor repugnante como el de un zorrillo, lo sé porque una vez se metió uno en la casa y tuvimos que dormir esa noche con mi madre.
Las piedras responden al miedo y se defienden emitiendo calor y olor, pero también producen unos colores hermosos: amarillo, naranja, azul, verde, rosa. El interior de la casa parecía un arcoíris y esta era una señal de que estaban tranquilas. No sabemos de donde vinieron, pero nos hemos acostumbrado a ellas y ellas a nosotros.
Ahora las mantenemos en el jardín porque allí son felices, pero hemos tenido que cercar el lugar, para evitar accidentes con los gatos que abundan en este sector. Más de uno ha salido con el pelo y la nariz quemada por molestarlas.
Algunos vecinos han comenzado a investigar quién es la persona que maltrata a los pobres gatos pero jamás se imaginaran que las pequeñas piedras grises son las responsables.
Esta es mi participación en el Extraño Concurso N°32 inspirada en el dibujo de Acá el enlace por si se animan a participar.