Juguemos a hacernos daño,
con la intención de ganar,
tomando lo peor del otro,
como si fuera nuestro.
Inmiscuyámonos en ambas vidas,
observando en silencio,
la transfusión de dolor,
entre tu alma y la mía.
Despertemos del letargo
conociendo los demonios,
pesadillas y tormentos,
abrazando imperfecciones.
Escupamos mil verdades,
masacremos las falacias,
procedamos con la autopsia
de toda ilusión existente.
Hagamos cortes en zonas
desprotegidas, vulnerables,
propensas a cualquier ataque,
si en confiar insistimos.
Y la distancia, cual detonante,
cual detalle que faltaba,
como aquel vaso de vidrio roto,
prevalecerá irremediable.
Juguemos a hacernos daño
a querernos, extrañarnos,
apreciarnos y torturarnos,
condenados a no estar juntos.
De mi parte, te celaré
queriendo quitarte el habla,
para que no te escuchen,
ni se enamoren de tu voz.
Seré quien se da frentazos,
contra estalagmitas,
por querer forzarlo
y no ser correspondido.
De ti, nada esperaré
porque estás vacía, inerte,
hasta el punto,
de hacerme creer necrófilo.
Priorizaré adueñarme,
poseerte y demostrarte,
la dicha de ser infeliz,
de vivir con pesadez.
Juguemos a hacernos daño,
como venimos haciéndolo,
diciendo que no quema,
con el alma chamuscada.
De ti, nada esperaré
y seré mal perdedor;
masoquista empedernido,
por no ser correspondido.
La imagen principal pertenece a Tobias Zils,
y la última a Elizabeth Tsung, ambos,
fotógrafos de Unsplash.com.
Las dos imágenes fueron modificadas en PhotoshopCs5.
Los separadores son de mi autoría, creados en PhotoshopCs5.
Esta obra esta bajo una licencia de Creative Commons.