En 1998, cuando todavía era estudiante, participé en el Festival de Artistas Aficionados de la Federación de Estudiantes Universitarios en Holguín. Fui por la modalidad de Literatura, con la emoción de conocer a otros escritores y artistas de otras universidades de Cuba y compartir nuestras obras. Allí conocí a quienes se convertirían en mis grandes amigos: un escritor de Villa Clara, una actriz también de esa provincia y dos actrices de Matanzas. Han pasado 28 años y seguimos unidos, aunque separados geográficamente. Aquel encuentro nos unió para siempre.
Recordar aquel 1998, cuando éramos tan jóvenes y todo parecía posible, trae inevitablemente a Mario Benedetti. No sólo por su manera de mirar la vida con ternura y lucidez, sino por la mezcla de nostalgia y esperanza que también fue nuestra juventud. Como él, nosotros también creíamos que la amistad y la palabra podían cambiar algo, aunque fuera solo dentro de nosotros.
La ciudad holguinera fue un escenario ideal, con sus calles llenas de vida y la energía juvenil de la que estábamos pletóricos. Caminamos juntos, compartimos las actividades del festival y nos dejamos llevar por la magia de estar creando y descubriendo. Uno de los momentos más memorables fue subir la escalinata de la Loma de la Cruz, un mirador que regala una vista impresionante de la ciudad. Allí, entre risas y cansancio, decidimos escribir un cadáver exquisito. Cinco voces, cinco imaginarios, pero un solo texto. Fue un divertimento, pero al mismo tiempo la certeza de que la creación conjunta tendría el poder de la amistad sin fin.
El cadáver exquisito, como ustedes saben, es una forma de escritura colectiva que nació en París en los años veinte del siglo pasado, dentro del movimiento surrealista. Artistas de aquella época, encabezados por André Breton, querían liberar la imaginación del límite representado por la lógica y la razón. Ellos se reunían, doblaban una hoja de papel y cada uno escribía una parte sin saber lo que el otro había puesto, y el resultado era un texto sorprendente, lleno de imágenes inesperadas. De hecho, el nombre viene de la primera frase que surgió en uno de esos divertimentos: “El cadáver exquisito beberá el vino nuevo”.
Lo que nosotros en Holguín no pensábamos en Breton ni en los surrealistas; más bien nos inspiraba la alegría de estar juntos, de inventar algo en colectivo, de dejar que las palabras se entrelazaran como nuestras voces y nuestras risas. Fue así como, sin proponérnoslo, estábamos repitiendo una suerte de ritual nacido décadas atrás en París, pero que continuaba vivo en Cuba, en nuestra juventud y en nuestra amistad.
Lo motivante del cadáver exquisito es que no exige solemnidad alguna ni reglas estrictas: es un juego que puede ser poesía, narrativa, dibujo, música o cualquier forma de arte. Muchas veces los versos resultan disparatados, otras veces surgen imágenes de una belleza sorprendente. En ocasiones hasta aparecen textos que podrían considerarse memorables obras de arte. Pero lo más importante no es ni era el resultado final, sino el proceso: ese acto de crear juntos, de sorprendernos con lo que creamos cuando dejamos que la imaginación fluya libremente.
En nuestro caso, aquel cadáver exquisito escrito en la cima de la Loma de la Cruz se convirtió en un recuerdo imperecedero. No recuerdo con exactitud las palabras que escribimos, pero sí recuerdo la emoción y la complicidad, la risa y el asombro por la sorprendente coherencia. Fue, como les dije, un texto que nos unió para siempre. Y quizá por eso, 28 años después, seguimos siendo amigos.
Siempre que pienso en el origen surrealista del divertimento, me gusta imaginar a aquellos artistas parisinos reunidos en un café, mientras doblaban papeles y escribían frases sueltas. Y sin sospecharlo, nosotros en Holguín estábamos conectados con ellos, con esa misma inspiración por la creatividad compartida. El cadáver exquisito viene a ser más que la práctica creada por los surrealistas: es un intercambio entre amigos o contertulios, un acto de creación conjunta, de unidad para crear a varias manos una obra imposible de realizar por separado, una experiencia única e irrepetible cada vez que se haga en otro momento o contexto.
No fueron ni los aplausos ni las excelentes presentaciones que también tuvo aquel festival de Holguín lo más valioso que guarda mi memoria: fue el inicio de la amistad, la magia que compartimos como si nos conociéramos desde antes y aquel fuese un reencuentro. El cadáver exquisito que voy a buscar porque tengo una copia —lo que está extraviado entre mis poemas, apuntes y demás— el original lo conserva Gipsy, mi amiga de Santa Clara que ahora vive en Brasil. Es el testimonio de la inauguración de una amistad eternizada en el imponente mirador de una bellísima ciudad, y también la prueba de que la literatura, como la vida, como la nostalgia, se disfruta más cuando se comparte y cuando se relee o se recuerda, porque es volver a vivir ese cadáver exquisito de mi juventud.