Mi apreciado Pablo Neruda;
Eres gran amigo desde la infancia,
confidente de mis tantas lágrimas
que eran más tuyas que mías
al unirse con la tinta de tu corazón.
Nunca hizo falta mirarte a los ojos
porque al leerte, conocí tu alma,
tus íntimos y surrealistas anhelos
y tu embriagante filosofía de vida.
Fui fiel testigo de tus lamentos,
de esos amores no correspondidos
y de aquellos que no fueron suficiente.
Siempre te expusiste como el vidrio,
transparente y sin miedo a expresarte,
sin miedo a amar ni a romperte;
¿Cómo no admirar tus retratos?
Ni reencarnando, habrá otro como tú.
Tus palabras solían tener sabor a café,
y me consolaba que no solo yo sufría,
que no solo yo, quería algo que no existía;
no puedo mentirte, es parte de mi verdad.
Gracias por tu leal y grata compañía;
la certeza y sabiduría de tus dichos
fueron y son antorchas inextinguibles
que irradian calidez en mis días fríos.
No te fue necesario rebuscar palabras,
con tu sencillez y elegancia al escribir
cautivaste a millones de corazones;
y hoy, tu legado habita en cada escuela.
Gózate en la inmortalidad, mi amigo,
siempre oleré tus "letras perfumadas"
pero ahora te corresponde a ti leerme;
esta vez, me complace homenajearte.
¡Gracias por leer!
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