Luego de la Segunda Guerra Mundial el mundo civilizado pareció llegar a un acuerdo sobre ciertos puntos básicos que se sintetizaron en un documento que se dio a conocer como Declaración Universal de Derechos Humanos.
En las últimas décadas las organizaciones y los individuos que se proponen como defensores de los derechos humanos han ido proliferando cada vez más, pero lejos de comportarse con la objetividad esperable, estas organizaciones han sufrido una creciente politización. En la actualidad la gran mayoría de estos organismos juzgan de manera muy diferente las situaciones según sea la ideología del gobierno o autoridad que esté en cuestión.
En latinoamérica estos organismos en su mayoría han mostrado una clara tendencia a alinearse con sectores de la izquierda popular. Esto está llevando a una justificada pérdida de credibilidad en cuanto a la objetividad con la que realizan sus evaluaciones en los distintos casos.
Suele ser notoria la severidad con la que juzgan las actuaciones de aquellos gobiernos democráticos pero con una tendencia más liberal en oposición a la benevolencia o el silencio con el que acompañan regímenes autoritarios populistas.
El resultado es un fracaso a la verdadera defensa de los derechos humanos para todos los casos, sin dependencias ideológicas o relativizaciones políticas de ningún tipo.