Bastante fácil es encontrar un recoveco en mí
para caer en pensamientos que flotan a la deriva.
Como el vigía que ha caído dormido en su guardia,
como descender rapidamente por escaleras de caracol
sin unos pasamanos de los cuáles asirme.
Me diluyo entre el donde estoy y donde quiero estar.
El humo del cigarrillo navega entre
los barrotes del balcón,
un balcón con una gran vista a la ciudad y sus calles,
calles cruzadas por miles de peatones,
calles inaccesibles a mi comprensión y mis pensamientos,
embolsando bajo el pavimento la ira y los sueños
de todos sus transeúntes.
Abandono el balcón de mi casa,
una casa más de muchas, de otra persona en el mundo
que nadie sabe quién es y de saberlo ¿que podrían saber?
No hay más metafísica que la de aquella calle
y las grietas de las balas adornando sus paredes,
con la inercia que guía el carro de todos en el trayecto de nada.
Me siento fulminado,
como quien se entera de una verdad.
Hoy estoy tan vivo
como quien se encuentra a punto de morir
Y la única afinidad que tengo por esta calle
es la misma que tiene una despedida,
con el sonido de una turbina de avión
inundando mis ojos y mis oídos.
Hoy me siento dividido entre la lealtad que le debo a esta calle
y a la desesperación que tengo por abandonarla y no volver…
Gracias por llegar hasta aquí...
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