Un estomago que pide a gritos. Una piel que sólo cubre huesos. Una mirada perdida entre la pena. Las miserias de un ser humano expuestas al mundo. El que tiene más de tres décadas, no sabe que paso. El que tiene menos de dos décadas, ni siquiera supo que algo diferente paso. Un pueblo que ya casi no sonríe. Un pueblo que se come entre ellos. Un pueblo que se debate entre el morir viviendo o vivir muriendo. Gente autómata, sumisa, triste, sola. Una condena que se lleva en el alma. Unas cadenas que se tienen en el corazón. Un suplicio que se llama Venezuela...