Y mis ojos se llenaron de vida ante tanta belleza natural. Era demasiado oxigeno para mis pulmones citadinos. Inhalé profundamente, y mi cerebro se perdió por unos segundo entre un mareo inexplicable. Mi piel comenzó a sentir las pequeñas espinas que traían consigo la helada brisa. Aún así estuve allí, sumida a un paisaje que el mismo Dios de los cielos me regalaba sin escatimar en detalles. Era un lugar fantástico; tan mágico que hasta las aves sabían exactamente cuando cantar y cuando emprender el vuelo. Mis oídos se fueron llenando de una agudeza que me permitió escuchar el sonido que escondía todo aquel silencio. Me sentí contemplada por el universo. Y me quede allí, insignificante ante tanta grandeza. Y sólo me hubiese gustado levitar y perderme entre las nubes.
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La imagen pertenece a mi álbum personal.