nos esconde del mundo profano... ¡Bebamos, amigos, bebamos!
¡Bebamos, tribu, la sangre de la luna en las amargas copas de los lirios: sus hijos!
La regente de la noche nos desnuda los claros
e incita, como a las bacantes, a danzar al son de la lujuria.
¡Vengan, vírgenes, a nuestras fiesta y prueben, del amor, las voluptuosidades!
Ya es de noche y estamos encendidos como la hoguera primera
en el jardín de las prohibiciones.
Un Prometeo, desnudo y excitado, vigila la llama chispeante
que croa como sapo ante la amenaza de lluvia.
Nosotros, libres e impúdicos, sediento de las ninfas,
correteamos tras las hembras apasionadas, olorosas, mártires...
y comemos las ofrendas de sus cuerpos.
¡Saciémonos! que hoy es noche de luna
y las aguas, plateadas de su halo, nos refrescan las carnes y los deseos.
—¡Sirve más vino, hermano, amigo! Brinda por los amores pasados;
esos que nos hicieron vino de tanto magullarnos;
esos que atizaron nuestras cavernas y que agitaron, en nuestros mares dormidos, al cardumen de deseos prohibidos.
¡Es hora de la ronda de las doncellas, de los maridos inhiestos,
de nosotros todos: Príapos y Proserpinas!
Desvestíos de la moral lúcida y la razón escéptica, y alcemos las copas.
¡Salud por los amores genuinos que surgen al son de este brindis!
¡Luna blanca: ¡Madre de todas las caras que brillan
como el resplandor de un Jano frontal y gallardo.
Tú, dueña de las promesas oscuras de aquellos que desean a escondidas
las carnes ajenas, los amores prohibidos.
Siembras en los ojos lagrimas de goce y en los vientres semillas fecundas
para parir el placer íntimo del arte postmoderno del amor y el mito!
Ya es de noche, y caben en sus sombras todas aquellas voces que claman orgasmos.
Todas las curvas se pintan con la luz prestada de blanca pureza
y los cuerpos de faunos lujuriosos, devoran las bocas sonrientes,
en cuerpos desnudos y brillantes, apetecibles como frutas maduras.
Rebozan sensualidad como rocío mañanero y tantean como ciegas
las bolsas repletas de deseos macerados bajo el crepé de la piel.
¡Qué hambre de sus manos resbalando por mis flancos
como lava que escueza y despierte demonios!
Sutil vicio de sus dientes que perforan y rasgan,
que se ensañan contra mi labio grana hasta beber de mi sangre.
Mientras, entre las arrugas grises de los edificios y los cipreses,
mudos testigos, satanizados, elevan plegarias de justicia,
pues oyen, entre gemidos, el nombre del dios al que claman.
¡Vengan, tontos, a nuestra bacanal, y prueben del amor las verdades!

