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MI UNIVERSO CON FLORINDA
Llovía, llovía fuertemente y mamá tenía ganas de parirme. Rompió fuente en la oscuridad, ha debido ser muy aterrador para ella. El reloj marcaba las 5 de la mañana y se encontraba completamente sola en casa. El frio de la ciudad de Los Teques, en ese amanecer, partía los huesos, a pesar que era el mes de abril.
Florinda, mi madre, no podía esperar más, a mí me urgía descubrir el mundo, y le estaba provocando terribles contracciones. Mi padre había viajado a la ciudad de Maracaibo y venía en camino, pero su viejo Volkswagen, azul pelado, no lo estaba ayudando para llegar a tiempo.
Así que mamá decidió salir a la calle, en medio de la neblina, en medio de la oscuridad, para tomar un taxi, que nunca pasó. El dolor y la angustia la hicieron caminar varias cuadras, llegó hasta la puerta del hospital y cayó desmayada.
Nací en el medio de la calle, al igual que el poeta nicaragüense Rubén Darío, por eso mi madre me bautizó con ese nombre. Por esa razón, estaba condenado a ser un poeta. De poca monta, pero poeta, al fin.
Esa forma de venir al mundo, fue el inicio indisoluble de una solidaridad más allá, mucho más allá, de la natural relación de amor incondicional entre madre e hijo. Algo cósmico, algo que no puedo explicar, signó nuestras vidas.
En alguna oportunidad escuché que los hijos especiales, solo son enviados por Dios, a padres especiales. Pero en mi caso, yo estaba más allá de lo especial, era un completo caos.
Había nacido disléxico, numeréxico, con trastornos de atención, con trastorno de identidad, zurdo, feo y con una condición neuronal llamada asperger.
Ahora que veo mi niñez en la distancia, ahora que mi madre ha cambiado de plano, ella decidió morirse, hace unos días, en enero de 2018, ahora que camino por las calles disfrutando las tormentas y los profundos silencios que dan las multitudes, sé, que sin mi madre Florinda, yo no hubiese podido sobrevivir en este mundo que, desde el comienzo, me iba a ser hostil.
Mi madre trabajó doble para poder costear todos mis tratamientos, no solo ejercía su profesión de secretaria bilingüe en varios lugares, si no que al llegar a casa, tenía una venta clandestina de cervezas, helados caseros y sacábamos fotocopias. Durmió poco para poderme cuidar, se armó de paciencia para no perder el juicio conmigo. Yo era un niño simplemente insoportable, odioso y caprichoso.
Si yo hablaba con las hormigas, ella les escribía canciones.
Si yo aullaba por las noches como lobo, ella era la luna.
Si yo me perdía en las calles, ella era todas las señales de regreso a casa.
Si yo lloraba, porque lloraba mucho, ella era todas mis lágrimas.
Recuerdo cuando cumplí 15 años (sí, en el fondo me hubiese gustado haber sido una princesita y haber bailado el vals de Chayanne o haberme alocado con Dancing Queen de ABBA), mi padre, preocupado por mi sexualidad, quería llevarme a un burdel para hacerme hombre, era un adolescente muy amanerado. Mi madre se enfrenó a mi padre, le gritó que yo tenía derecho a vivir mi propia sexualidad y que si había nacido “loca”, pues loca me quedaba.
cuando tenía 15 años, ¿no era tan feo?
Ese día me abrazó en mi cuarto y me dijo: - tú vas a ser mi hijo más débil, con más problemas, el más solitario, pero mientras yo viva, siempre estaré a tu lado-… y lo estuvo, lo estuvo hasta su último suspiro… ¡qué difícil es ser huérfano!
Mi madre y yo, teníamos un pacto firmado con la luz de los ojos de Dios. Yo fui su cómplice, todo sus secretos, incluso los innombrables, yacen en el fondo de mi corazón y se irán conmigo, para que me sirvan de lámpara y me ayuden a cruzar ese umbral, donde sé, ella me estará esperando.
Recuerdo sus chocolates calientes en los días lluviosos, mientras yo le recitaba poesías.
Recuerdo escucharla cantar cuando tendía la ropa, mientras yo le leía cuentos de Edgar Allan Poe.
Recuerdo sus silencios cuando se sentía sola, mientras yo le cantaba canciones de Edith Piaf.
Recuerdo sus risas en los días locos, mientras yo bailaba por las paredes para hacerla reír.
Recuerdo sus horas de desvelos, esperándome en casa, para que yo le contara todo los detalles de mis estrenos del teatro.
Fuimos artistas… fuimos soñadores… nos dio la gana de ver la vida con locura, con locura extrema.
Dos años y cuatro meses duró su agonía, eso fue un karma innecesario. Desde que mí que papá murió, un septiembre de 2015, mi amada Florinda, mi cómplice, mi amiga, mi confidente... planificó su huida de la vida. Se había cansado de los atardeceres. Ya sus 89 años eran como suficientes, en una oportunidad ella me dijo: -“hijo, yo voy a seguir viviendo, hasta el día que me pueda limpiar el culo”-
El alzhéimer fue su mejor estrategia, la vida se le llenó de olvidos, hasta dejar de reconocer su propia casa y los nombres de todos sus hijos (somos ocho hermanos), menos el mío… siempre supo, hasta el día que se fue, que yo era su poeta, yo era el chamo que ella había parido una vez, en el medio de la bruma callejera de la ciudad de Los Teques.
Mi madre se volvió cenizas, contemplé el humo que salía por el techo del horno crematorio y sentía que volaba, se volvía transparente… se iba…simplemente, se iba…
Su cuerpo ahora está atrapado en una cajita de madera en un rincón de mi casa, algunas veces me parece cruel y otras veces me parece pura poesía. ¡La vida es una mierda, pero hay que vivirla!, eso me decía ella y le creo, yo siento ese tufo.
Estaré solo por el mundo, por un tiempo, haciendo las estupideces que el mundo me obliga a hacer para poder vivir, para poder comprarme unos zapatos nuevos, para cuando la suela de mis viejos zapatos, no resistan más los caminos… yo necesito tan poco. Solo necesito de los amaneceres, del silencio de las sombras y del placer de tomarme una cerveza bien fría.
Gracias mamá por la inmensidad del amor.
RUBÉN DARÍO GIL
Escrito a un mes de tu partida...
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