Con este microrrelato participo en el concurso de escritura de
de esta semana. ¡Espero que lo disfrutéis!
La casa del viejo
«El viejo Mack no es más que un loco solitario», había oído esa frase en incontables ocasiones de boca de los mayores. Vivía en el antiguo caserón del final de la calle. Un lugar descuidado al paso del tiempo que parecía estar medio en ruinas. Lo había visto deambular por el jardín trasero. Damian y los demás niños lo espiaban a menudo desde detrás de la verja de acero que parecía encadenada a unos frondosos setos, estos habían sido dejados crecer a su propia intención natural.
Era un día lluvioso, el taponado cielo imponía su grisáceo aroma con pesadez. Era como si la ciudad se hubiese sumido en un desconcertante letargo. Damian había salido de casa a escondidas y, sin saber muy bien cómo, se encontraba frente a la puerta lateral de aquella casa, habitualmente cerrada. Ese día no era así. Una delicada risa de niña le hizo girar rápido hacia allí. Le pareció verla cruzar corriendo dentro de aquel desgastado recinto. «¿Una niña nueva? Quizá el viejo no está tan solo, puede que sea su nieta…»
Sin saber muy bien por qué, el niño se vio a sí mismo empujando la puerta de entrada hasta dejarla atrás. Seguía lloviendo, comenzaba a apretar.
«Damian…», un susurro que parecía venir de ninguna parte, delicado, hizo que el niño siguiera adelante. Pasando un breve sendero de losas quebradas llegó a la escalera que daba acceso a la casa. Ahí la vio.
- Hola, ¿quién eres? –la voz del niño se desvaneció nada más salir de su boca. Ella lo miraba, sonriente. Acababa de cruzar corriendo el jardín y no estaba mojada. Hizo un gesto al chico, para que la siguiera. Se volteó y entró a la casa del viejo.
La siguió sin pararse a pensar cómo sabía su nombre, si nunca se habían visto antes. Ya estaba dentro, ya era demasiado tarde...
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