Las mariposas son pequeñas y delicadas criaturas. Tan sencillas y tan hermosas como contemplar el amanecer. Ellas están envueltas en el velo del misterio que envuelve en sí misma a la vida en el mundo, son la transformación de lo vulgar y prosaico a lo bello, a lo artístico y a lo místico; en extrapolación, algo así como al infante excéntrico sin amigos al cual le obsequias un libro, y en el libro mismo le estarás otorgando en sus manos el mundo entero.
Su vuelo es arbitrario como el viento en el campo, como la caída de las estaciones, como las vicisitudes, como el beso de las tinieblas.
El beso de la mariposa sobre las cerezas, mastica al corazón de la fruta y se come a su propio corazón en ella. La mariposa es la mujer que se transforma de niña a adulta, sin olvidar que la niña que fue aun habita en su seno, como la mariposa no olvida que fuera oruga.
Así eran las mujeres que me gustaban. Y a ellas les gustaban las mariposas como a mí. Yo veía en ellas a las mariposas y eso me fascinaba. Lo que yo no sabía, era que al ver a estas mujeres, en realidad miraba directo a mi corazón, y que este a su vez era también como una mariposa.
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