Tomaba mucho vino, bailaba y cantaba constantemente. Era muy feliz en su mundo nocturno. Y se vanagloriaba de su belleza despampanante y además se paseaba por los salones tongoneando sus exuberantes caderas, batiendo su cabellera rojiza, con cierta frecuencia. Parecía una leona cazando a su presa.
Grandes caballeros muy importantes, tales como políticos, empresarios, comerciantes siempre la buscaban. Decían además que era una de las chicas más caras de la ciudad de Colonia, pero bien valía la pena por el rato de gozo y de placer que experimentaban junto a ella.
Esta chica era muy creativa para la época y por eso siempre tenía a los hombres a sus pies. Una noche para sorpresa de todos se vistió de odalisca, con velos en la cara y pañuelos de seda en el cuerpo muy atrevida por cierto. Además lentejuelas y plumas; collares y cadenas. Quedó despampanante y comenzó a bailar una danza árabe.
La chica, de verdad parecía una odalisca; quien con movimientos suaves y fluidos, disociaba y coordinaba a la vez las diferentes partes de su cuerpo. Con cadera y vientre, alternaba movimientos rápidos y lentos y se enfatizaba en sus músculos abdominales, con movimientos de pecho y hombros, así como con sus brazos serpenteantes. Sus movimientos ondulatorios, rotativos, muy lentos que daba la impresión de tristeza; pero en cambio con sus movimientos rápidos, golpes y vibraciones ella expresaba alegría.
Todos estaban embelesados con ella, cuando de repente uno de los personajes que estaban allí; el más poderosos visitante de ese prostíbulo, llamado Knut, general de las fuerzas armadas, se la llevo a la fuerza a su habitación. Ella luchó, porque no quería ir en ese momento, sino más tarde. Pero el la obligó y se encerró con ella.
La pelea y el escándolo eran de tal magnitud que hasta se oía entre quejidos y gritos que él decía serás mía y de nadie más; luego los sollozos y lamentos se apagaron y la muchacha no se escuchó más y por último un silencio sepulcral.
La fiesta continuó, botellas de champagne y vinos, corrían por doquier. Los músicos al fondo del salón entonaban una música muy alegre. Todas las otras chicas estaban felices porque Hanna, no estaba en el salón y ese momento tenían que aprovecharlo, para captar la atención de los visitantes.
Una chica llamada Lizzetta, le dijo a las otras: Ya pronto volverá la muy engreída y vamos que tener que ponerla en su lugar. Ya es suficiente tanta humillación y le contestó Annette, quien era la mayor del grupo: Lo que pasa es que tú le tienes mucha envidia, ya que Hanna, tiene lo que tu no tienes, que son: belleza, juventud, glamour y simpatía, cosas de las cuales tu careces. Lizzette se molestó muchísimo y se fue a una habitación que era la antesala de encuentros rápidos para pasar su enojo y no se supo más de ella.
Entre copas y alegrías, llegada la madrugada, amanecía y la fiesta estaba casi en su fin y con el sol de la mañana yacían semidormidos, casi desnudos y agotados por la noche tan movida que habían tenido. Por doquier botellas vacías, personas apretujadas unas con otras y lo más patético de ésta historia es que habían dos cuerpos inertes, pálidos y grises, muertos que yacían en esa pequeña habitación de antesala.
Eran el coronel Knut y la muchacha llamada Lizzetta. Quienes estaban abrazados y acuchillados sobre un charco de sangre. De tal forma que hacían un espectáculo siniestro y en la otra esquina de la habitación estaba Hanna con la vista perdida y totalmente ensangrentada con un cuchillo en su mano. De repente, soltó una carcajada, casi histérica y dijo: que la fiesta continúe y siguió bebiendo y riendo junto a los cadáveres.-