En algún punto geométrico espera ella, en un tiempo indeterminado por latitudes anónimas, sin peso, sin presencia específica en el mapa. Don Juan Matus decía que está a la izquierda del hombro izquierdo del corazón central, como una sombra sin la que no habría paisaje, como el punto de fuga que da volumen a la perspectiva.
Yo digo que se alegra de nuestra felicidad, que frunce el gesto si no nos atrevemos a lanzar miradas infinitas a un precipicio inestable y volver luego a nuestra tarea. Ella espera en una esquina del universo natural, madre que impedirá que suframos más de lo preciso.
Porque, concretamente, vaho saliendo de la boca de un dios de escarcha, incendios y tormentas, espanto y osadía a partes iguales, dice que somos. Un absurdo ingrediente imprescindible de la vida.
En estos días de profundo, solitario y blanco invierno, me pregunto cuál será el límite del dolor que me tiene asignado la dama negra. Miro hacia el ocaso y noto que sonríe una esfinge de cristal.
Fotografías propias.