Hace unos años vi un documental en Discovery Channel que narraba las historias de los sobrevivientes a la bomba nuclear en Hiroshima y Nagasaki. Una anciana asiática contaba cómo perdió a toda su familia, vecinos y amigos por efecto de la explosión . Solo sobrevivió su hermana mayor.
Ellas estaban en la escuela cuando la ciudad fue bombardeada. Corrieron a su casa y se hallaron con que todo su vecindario había desaparecido. No quedaba nadie de su familia. Fueron evacuadas a otro lugar junto a otros sobrevivientes. Luego de algunas semanas, notó que su hermana se volvía más depresiva cada día, hasta que un día, mientras estaba en la escuela la llamaron para decirle que su hermana se había lanzado a los rieles del tren justo cuanto este pasaba.
Ahora sí estaba realmente sola. Nadie quedaba de su familia. Se sintió traicionada, abandonada, tan enojada con su hermana que no pudo llorar su muerte. Era una cobarde egoísta que la dejó a su suerte. Enterró su recuerdo e intentó seguir con su vida.
Al cabo de unos años el mundo se volvía cada vez más insoportable. Ella era solo una adolescente intentando entender lo que sucedía a su alrededor. Pero un día, sintió que el esfuerzo no valía la pena, que no tenía nada por qué vivir. Entonces, se dirigió al mismo lugar donde su hermana se había suicidado.
Se estuvo cerca de los rieles y esperó el paso del tren.
Lo escuchó venir y mientras éste se aproximaba pensó en su hermana y en sus familiares muertos. Pero en el último momento, sintió tal terror que la paralizó por completo y no pudo lanzarse.
Comprendió que no tenía el coraje de su hermana, porque para morir, también se necesita coraje. Ella en cambio, tenía coraje para vivir y eso haría.
En el mundo hay dos tipos de coraje: coraje para vivir y coraje para morir. Hay que ser valiente para uno y otro.