




From the passenger seat, the landscape dominated. To the left, the Atlantic crashed with poetic fury; to the right, the green expanse of the Cajálbana Plateau rose like a velvet wall. The sharp curves forced us to brake, and with each stop, the landscape revealed a new scene: limestone cliffs draped in ferns, hollows where the dew still clung, and beyond, the constant murmur of the river we had yet to see.



Reaching the pier was surrendering to the obvious: this wasn't just a dot on a map. We set up our camera, our notebook, and, unwittingly, we also set up the tourist's curiosity.
The Yumurí River, where the sea meets it, is a spectacle of contrasts. Saltwater meets freshwater in a silvery eddy. But the most breathtaking sight lies meters above: a canyon carved by nature over millennia, with vertical walls over 200 meters high. Above us, the natural bridge that the locals call "El Arco" (The Arch), a karst feat that seems to defy gravity. In the silence of the canyon, only the splash of oars and the call of a woodpecker could be heard.




The stretch connecting Baracoa to the mouth of the Yumurí River is a landscape of great natural and geological richness. The river has carved a canyon approximately 220 meters deep, with vertical walls reaching nearly 200 meters, the result of prolonged erosion on sedimentary terrain. This gorge, considered one of the most spectacular in Cuba, is accompanied by rocky cliffs that dominate the horizon and a distinctive cay near its mouth. The region is bordered by the Cuchillas de Baracoa, a mountain range that separates this area from the Maisí terraces and reflects the intense tectonic activity of the region.



That morning, work dissolved amidst such grandeur. My questions to René about water levels turned into stories of pirates and smugglers who used that grotto to hide rum. My notes about sediments ended up becoming pencil drawings of the cliff.


On the way back, with my notebook wet and my memory full of light, I thought that there are places that can't be measured with instruments alone. The Yumurí needs to be experienced. And sometimes, a business trip is just the perfect excuse for your soul to take a vacation.
Credit: I used DeepL Translate.
The photos are my own.
ESPAÑOL
El viaje empezó como una asignación de trabajo. Llevaba en el cuaderno coordenadas, datos hidrográficos y la urgencia de entrevistar a los guardianes del río Yumurí. Pero la carretera de Baracoa, esa serpiente de asfalto que se abraza a los acantilados, no permite mantener por mucho tiempo la seriedad profesional.





Desde el asiento del copiloto, el paisaje se impuso. A la izquierda, el Atlántico golpeaba con furia poética; a la derecha, la masa verde de la Meseta de Cajálbana se erguía como una muralla de terciopelo. Las curvas cerradas obligaban a frenar, y en cada freno, la geografía regalaba una nueva estampa: farallones calizos vestidos de helechos, hondonadas donde el rocío aún no se había ido, y más allá, el rumor constante del río que todavía no veíamos.



Llegar al embarcadero fue rendirse a la evidencia: aquello no era solo un punto en un mapa. Montamos la cámara, el bloc de notas, y también, sin querer, montamos la curiosidad del turista.
El río Yumurí, allí donde el mar lo besa, es un espectáculo de contrastes. El agua salada se encuentra con la dulce en un remolino plateado. Pero lo sobrecogedor está metros arriba: un cañón que la naturaleza talló durante milenios, con paredes verticales de más de 200 metros. Sobre nosotros, el puente natural que los locales llaman “El Arco”, una proeza kárstica que parece desafiar la gravedad. En el silencio del cañón, solo se oía el chapoteo de los remos y el canto de un pájaro carpintero.




El tramo que conecta Baracoa con la desembocadura del río Yumurí constituye un escenario de gran riqueza natural y geológica. El río ha excavado un cañón fluvial de unos 220 metros de profundidad, con paredes verticales que alcanzan cerca de 200 metros, resultado de la acción erosiva prolongada sobre terrenos sedimentarios. Este desfiladero, considerado uno de los más espectaculares de Cuba, se acompaña de farallones rocosos que dominan el horizonte y de un peculiar cayo cercano a la desembocadura. La región está delimitada por las Cuchillas de Baracoa, macizo montañoso que separa este sector de las terrazas de Maisí, y que refleja la intensa actividad tectónica de la zona.



Esa mañana, el trabajo se disolvió entre tanta grandeza. Las preguntas a René sobre caudales se convirtieron en historias de piratas y contrabandistas que usaron esa gruta para esconder ron. Los apuntes sobre sedimentos terminaron siendo dibujos a lápiz del acantilado.


De regreso, con la libreta mojada y la memoria llena de luz, pensé que hay lugares que no se pueden medir solo con instrumentos. El Yumurí necesita ser vivido. Y a veces, un viaje de trabajo es solo la excusa perfecta para que el alma se tome sus vacaciones.
Crédito: He utilizado el traductor DeepL Translate
Las fotos son de mi propiedad.