Esta es mi participación en el concurso creado por y
de relatos eróticos. Es la primera vez que me aventuro a escribir algo de este género así que no sé si el resultado será el esperado. ¿El esperado por quién? Buena pregunta. Pues no sé, supongo que el esperado por aquellas personas acostumbradas a leer literatura erótica.
La verdad es que lo he disfrutado, pero debido al límite de palabras requerido en el concurso me ha sabido a poco.
Espero que lo disfrutéis y que paséis un buen rato. Como siempre, estoy abierto a todo tipo de comentarios, ya que de vosotros, mis queridos lectores es de quien más puedo aprender.
Un saludo.
Ella
Era viernes y estaba muy cansado, la semana había sido agotadora. Un importante cliente había insistido en invitarme a comer para hablar sobre el proyecto que teníamos entre manos. Nada me apetecía menos.
Él ya estaba sentado en la mesa cuando llegué al restaurante, mordisqueaba un trozo de pan con mantequilla. Nos estrechamos las manos y me senté. Hacía mucho calor pero quería guardar las apariencias y no me quité la americana, sólo aflojé un poco el nudo de la corbata. En seguida nos tomaron nota.
Yo me refugiaba en la cerveza mientras él me bombardeaba con ideas que hacía tiempo ya habíamos descartado. El restaurante estaba muy concurrido, los turistas llenaban el local. Una pareja de mujeres tomaron asiento en la mesa que había frente a mí. Algo en ellas me llamó la atención y las seguí distraídamente con la mirada. Las dos eran esbeltas y lucían vestidos cortos y sandalias. Al fijarme más me di cuenta de que había mucha diferencia de edad entre las dos, seguramente serían madre e hija.
Una pregunta de mi interlocutor me arrancó de mis ensoñaciones y me puso de cara al trabajo. Empezaba a encontrarme realmente incómodo. Quería que aquello terminase cuanto antes. Un movimiento en la mesa de enfrente llamó de nuevo mi atención. La que parecía ser la hija, sentada frente a mí, se enroscaba el pelo en un improvisado moño que ató con un pasador. Me quedé mirándola, sin poder apartar la vista de su cuello al descubierto y de su pálida piel, humedecida a causa del calor español al que no estaba acostumbrada. Recuerdo su brazo, levantado, doblado mientras sus dedos jugaban son su pelo lacio. Su axila desnuda invocaba en mí el frescor que tanto ansiaba. Ella me miró.
Bajé la mirada rápidamente y disimulé con una estúpida mueca dirigida a mi cliente, que aún seguía hablando. Quería mirarla de nuevo, ver su cuello, el contorno de su nuca. Deseaba más que nada volver a deleitarme con su clavícula que me invitaba a poner mis labios allí. Cuando me di cuenta no eran mis pensamientos, sino mi mirada la que recorría su cuerpo Ella sonrió y volvió a mirarme, pero esta vez apartó la mirada primero, con un rápido gesto. Estaba claro que no quería ser descubierta por la que yo había decidido que era su madre.
Me sentí deseado. Mi corazón se lanzó al galope y un calor que venía de todas partes insistió en hacerse conmigo. Pasaron los minutos y el deseo de mirarla, de levantarme y decirle algo me golpeaba con fuerza. Veía su cintura pegada a un vestido que mi ente había empezado a ignorar. Por debajo de la mesa sus piernas desnudas llamaban a mis manos a descubrirlas. Sus muslos me miraban, descruzándose de vez en cuando para cambiar de postura. Ese vestido era demasiado corto y algo empezaba a quemarme por dentro. No tuve más remedio que quitarme la americana. Me levanté para poder hacerlo con comodidad mientras ella me vigilaba. Aflojé aún más el nudo de la corbata.
Volví a sentarme mientras le explicaba a mi cliente que el calor me estaba matando. Él me pidió otra cerveza. La chica apenas miraba a su madre. Su pecho subía y bajaba con vehemencia. Sus manos bajaron a sus muslos y los acarició dirigiendo mi mirada como una directora de orquesta. Abrió las piernas con lentitud, se subió el vestido un poco y se acarició con los dedos el interior de los muslos, muy cerca de donde el vestido dejaba de existir.
Me quité la corbata, la dejé sobre la mesa y me desabroché dos botones de la camisa. Mi clavícula quedó al descubierto, mi piel transpiraba. Ella se mordió el labio y con los pulgares tiró con discreción de sus bragas. Estas se deslizaron por sus piernas hasta quedar atrapadas en sus rodillas. Sus dedos abandonaron sus muslos y se perdieron en el lugar más caliente y húmedo de todo el restaurante. Entonces, miró mi erección por debajo de la mesa, clara a pesar de que mis pantalones seguían en su sitio.
Mi respiración se aceleró junto con mi pulso, la boca se me secó a pesar de la cerveza y el resto del mundo se fundió en una densa y sorda niebla. Miré la puerta del cuarto de baño y luego volví a posar mi mirada en aquellas piernas hipnóticas, dueñas de mi voluntad. Ella no me quitaba ojo. Entonces me levanté, tratando de ocultar mi excitación durante mi camino al servicio. Abrí la puerta del cuarto de baño mientras me giraba para llamarla con mis ojos envenenados. Esperé dentro completamente excitado, con un universo hecho jirones a mi alrededor y un único deseo ardiendo en mi interior. Ella.