En el cielo no hay avistamientos,
devociones inclinadas y corruptas;
no concretan su destino pródigo,
que la santa madre profirió;
y un vislumbro de la espesa tormenta,
en mis manos desnudas se consumó.
Y cayó sobre aquella fachada,
de jardines y criaturas feéricas,
donde el sabio descansa tranquilo;
esperando el sueño culminante,
de la caída del refugio ancestral.
Y la sangre caerá coagulada,
de los cielos azules e infinitos,
los rayos ya no serán los mismos,
que belleza trajeron en una distante ocasión;
para perpetrar organizar el mito,
que los antiguos presagiaban con aberración.
Los leones gigantes bramarán la tierra,
y las quimeras volarán las distantes sierras;
buscando la joya predilecta del fin,
el augurio que nos marcará con su sello.
Y aunque vomitamos necias palabras,
de confundidas almas mangoneadas por el miedo,
y aunque el fin de la fantasía viene por nosotros, reclamamos el gozo de un espacio afable,
donde caímos resignados a la hecatombe.
Pero no olvidamos nuestros bellos días,
y aquellas tierras tomadas por gorgonas y arpías,
que ansiosas maléficas esperan la llegada,
de quien traerá desgracia y horripilancia;
el día hoy es bello ya lo supongo,
no nos queda mucho pero a disfrutar me pongo.
No le daré el gusto al infortunio, me abrazará el miedo al instante de mi trance...
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