Para Williams, el aterrizaje en Ezeiza no es solo el fin del vuelo desde Miami. Es el comienzo de una cuenta regresiva personal que dura exactamente cuarenta y cinco minutos: el tiempo que tarda su remís en llegar al centro de Buenos Aires.
Nació y creció en Miami, y aunque su sangre es argentina y habla español perfecto, su paladar se rinde cada vez que cruza el ecuador. Hay muchas cosas que extraña cuando está en Estados Unidos —las parrilladas de los domingos con los tíos, el caos ordenado de la Avenida Corrientes—, pero ninguna lo obsesiona tanto como lo que tiene frente a él ahora.
El remís lo deja justo en la puerta del café Havanna en la peatonal Florida. Williams, alto, de pelo castaño y siempre sonriente, baja su maleta, se la encarga a un guardia de seguridad con un "gracias, maestro" y entra al local. El aire está cargado de un aroma dulce, una mezcla de café recién molido y chocolate fundido que lo transporta instantáneamente.
Camina directo al mostrador con una determinación que hace sonreír a la cajera. No necesita mirar el menú.
—Un café con leche doble y un alfajor Havanna de chocolate negro, por favor —dice, y paga en efectivo.
La cajera, acostumbrada al ritmo, le da un tiquet y un pequeño disco de metal que vibra cuando su pedido está listo. Williams se sienta en una mesa de madera, la misma mesa de siempre cerca de la ventana, donde puede ver el paso de la gente.
El disco vibra. Él se levanta y segundos después vuelve con la bandeja de madera.
Sobre la mesa queda la imagen que Williams estaba esperando. Su mano derecha, de uñas limpias, agarra el envoltorio plateado y azul del alfajor. Es un Havanna de chocolate amargo, el clásico, con su dulce de leche cremoso y esa cobertura gruesa de chocolate de verdad. A su izquierda está la taza de cerámica blanca con el logo de Havanna, llena de un café con leche espumoso y caliente. En el fondo, el desenfoque de los otros clientes, las luces cálidas y un pequeño cartel promocional que apenas se distingue.
Es su momento.
En Miami hay de todo. Hay centros comerciales gigantescos, playas infinitas y café de todas partes del mundo. Pero no hay alfajores de Havanna. Ni siquiera los que importan saben igual. Les falta... el aire de Buenos Aires. El sabor del primer mordisco es una mezcla de alivio y placer absoluto. La dulzura del dulce de leche contrasta perfectamente con la amargura suave del chocolate y el café.
Williams respira hondo, cierra los ojos por un segundo y luego sonríe de oreja a oreja. La cajera, al pasar para limpiar una mesa cercana, le dice:
—¿Todo rico?
Williams, con la boca aún un poco llena de chocolate, solo puede asentar con la cabeza.
—Riquísimo. Ahora sí —dice, limpiándose con la servilleta de Havanna que también está en la bandeja—. Ahora sí, ya estoy en casa.
La ciudad de Buenos Aires puede tener todos los problemas que quiera, pero para Williams, mientras el café esté caliente y el alfajor sea de chocolate negro, la vida es perfecta. El resto de su agenda —visitar a la tía abuela, una reunión de negocios, una cena con amigos— puede esperar. Lo primero es lo primero.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.