La mesa de madera estaba llena de restos de sobres. Esos papelitos metalizados que se pegan en los dedos y que terminás encontrando abajo del sillón tres meses después.
Hacía media hora que habíamos dicho "abrimos cinco y a bañarse", pero el rito de las figuritas es magnético. Es esa mezcla de olor a tinta nueva y la ansiedad de ver qué toca. Abrir el sobre, darlas vuelta despacio y el bajón de cuando ves una cara que ya viste mil veces. "Late", "late", "re-late".
De repente, hubo un silencio. Entre las figuritas comunes apareció una con brillo. No era el goleador estrella ni el capitán, era un defensor suplente de una selección que ni sabíamos ubicar bien en el mapa, pero brillaba. La apoyamos en la mesa como si fuera de cristal.
Lo mejor no fue encontrarla, sino ese segundo de calma antes de decidir quién tenía el honor de pegarla. Al final, la pegamos entre los dos, un poco torcida para variar, apretando bien los bordes con el puño para que no se saliera nunca. El álbum pesa más cuando tiene estas historias que cuando solo tiene papel.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.