Cinco años se dicen rápido, pero cuando te sientas en el sofá y empiezas a echar cuentos, te das cuenta de que es un mundo de tiempo. Ver a Diego de nuevo fue como si nos hubiéramos bajado ayer de la camioneta después de una jornada larga en Halliburton.
Al principio, hubo ese segundo de silencio extraño, el de reconocer que el pelo está más gris o que el ritmo de la vida ya es otro. Pero bastó mencionar a Puerto Ordaz para que se rompiera el hielo. Entre risas, nos acordamos del calor insoportable de la zona industrial, de las guardias eternas y de cómo lográbamos resolver los problemas en el campo con más ingenio que herramientas.
Sentados ahí, con la comodidad de quien no tiene que aparentar nada, la conversación fluyó sola. No hicieron falta grandes lujos; con estar ahí, comentando lo que ha cambiado en Venezuela y lo que nos ha tocado vivir afuera, fue suficiente. Diego sigue siendo el mismo tipo ocurrente, y aunque ahora estemos lejos de los pozos y las oficinas de Guayana, la "guachafita" y la confianza quedaron intactas.
Antes de que se fuera, saqué el teléfono para capturar el momento. Diego y el resto seguían hablando atrás, relajados, como si planearan la jornada de mañana. Guardé la foto no por la calidad de la imagen, sino por la prueba de que, aunque pasen otros cinco años, hay amistades que simplemente no tienen fecha de vencimiento.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.