Set bebió un sorbo de sangre antes de mirar detenidamente a su amante-prima, quien contemplaba su bebida en silencio, sin prestar atención a todo lo que estaba pasando a su alrededor. Conociendo bien a Ondskap, diría que ésta había sufrido una pérdida dolorosa, aunque dudaba mucho que esa pérdida fuera Draugr o Ragnarok. Dispuesto a satisfacer su curiosidad, se levantó de su asiento y, acercándose, le preguntó:
-¿En qué piensas, querida mía?
Ondskap le miró, nerviosa. Set, acariciando suavemente su rostro, añadió:
-¿Draugr te dejó para siempre?
-No.
¿Ragnarok?
-No -respondió la cronoata, muy cortante.
-¿Entonces?
Ella desvió la mirada, tratando de concentrarse nuevamente en sus pensamientos. Set, sin darse por vencido, decidió recurrir a una segunda estrategia. Empezando a acariciarle el rostro con uno de sus dedos, murmuró:
-Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, Ondskap. Solo tienes que pedírmelo.
Se inclinó levemente y empezó a besarle el cuello; Ondskap cerró los ojos, queriendo dejarse llevar. No obstante, el asunto que la trajo a él era de mayor importancia que jugar un rato con él a la amante. Deteniéndolo en seco, murmuró:
-Soñé con el Iku-Turso... De nuevo.
Set se separó. Ondskap le explicó en qué consistía su sueño; el miedo en su voz y la incertidumbre que expresaba mediante el lenguaje corporal era algo que lo sorprendió bastante. Nunca antes la había visto tan vulnerable en todos los siglos que llevaban juntos, mucho menos que creyera en todo aquello que en otro momento consideraba como fantasías de débiles.
Sintiéndose obligado a interrumpir su narración, Set se sentó junto a ella, mirándola frente a frente.
-Soñar con el Iku-Turso no necesariamente implica la muerte o la traición -dijo-. Quizás lo que soñaste sea sobre tu momento de gloria.
-Un momento de gloria por traición... Suena como algo típico de ti.
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Sigricc levantó levemente la mirada.
Ahí estaba ella, charlando inquietamente con una joven de cabellos castaños con luces plateadas. El tema de conversación no era nuevo para él; de hecho, se atrevió a justificar el interés de Draugr en la chica de cabellos oscuros.
Si bien Cristina Martínez de la Parra era una mujer bonita por derecho propio, ella tenía algo que ninguna otra mujer había poseído hasta ahora: Un alma inquietantemente fuerte con un don altamente desarrollado para percibir toda clase de energías negativas, sobre todo aquellas provenientes de los cronoatas de alto rango. Un don muy natural entre los nephilim.
"Qué ironía...", pensó con mofa mientras agarraba sus cosas y pagaba la cuenta a la mesera pelirroja que, con un poco de discreción, coqueteaba con él.
Aesir, el favorito de Jápeto, el más temible de todos los arcángeles hasta ahora conocido y el más codiciado por todas las mujeres de todas las razas... Su propio primo no supo o no quiso darse cuenta de que Cristina no era humana. No sabía si fue una cuestión de ego o era el hecho de juntarse demasiado con Ondskap y sus hijos Veikindi[1] y Losta[2] realmente era perjudicial o, como también le parecía probable, su manía en no fijarse en los detalles más pequeños, pero Aesir había cometido (y sigue cometiendo) el grave error de subestimar y despreciar a alguien como ella.
La herida en su hombro era la prueba fehaciente de que su fuerza y la determinación en vencer o morir en un mundo en donde la mujer no valía más que para servir como inodoro de los bajos instintos fueron lo que la llevaron a enfrentarlo a pesar del miedo que sintiera, saliendo viva de manera victoriosa. Quizás fueron esos factores los que la llevaron al encuentro de los dragones, quienes la cobijaron bajo sus alas protectoras, ahora que lo pensaba bien.
-¿Qué es lo que quieres?
Se volvió.
Un joven alto, de ojos azules con leves tonos dorados, cabello negro y atavío combinados de colores pasteles estaba mirándole fijamente con los brazos cruzados.
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[1] y [2] En islandés, "enfermedad" y "lujuria", respectivamente.
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