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Suspiro hondamente mientras me miro a mí misma en el espejo. Las criadas de la casa me ayudaban a acomodarme bien el vestido, el mejor que tengo en mi guardarropa, como se acostumbra cuando una va a casarse.
A mi mente se vienen toda clase de pensamientos; me es imposible aceptar que vaya a casarme con alguien que no me quiere más que para parirle hijos. No es que mi prometido, su familia o la mía me lo dijeran tal cual; sus acciones hablaban por ellos en ese tema, sobre todo cuando observo cuidadosamente sus rostros en busca de reacciones.
No me siento feliz. No siento ninguna ilusión mientras camino hacia el altar de la iglesia.
Siento desprecio, repudio, disgusto.
Asco.
Me muerdo la comisura del labio inferior mientras oigo al vicario enunciar algún discursillo sobre el matrimonio, la importancia de que las mujeres seamos "santas y puras", de que obedezcamos ciegamente a nuestros maridos aunque sea en las decisiones más idiotas. Todo se me estaba haciendo intolerable conforme pasaba el tiempo; yo intento no explotar del puro coraje durante el proceso ritual, pero no pude contenerme más cuando el vicario externó la pregunta de que si aceptaba a ese hombre de mirada arrogante y carácter difícil.
Levantando la mirada, respondí: "Acepto... No obedecerlo, no honrarlo, mucho menos tolerarlo".
La gente empezó a murmurar. Él me miró con estupefacción, a lo que, envalentonada, continué: "Digamos las cosas como son: esto es un contrato social, una alianza económica; el dinero es lo único que nos ata, así que yo no espero nada de usted ni usted espere nada de mí. Ni siquiera un heredero".
"¡Claudia!", escuché que se indignara mi padre.
"¿Qué? Solo estoy recalcando las condiciones bajo las cuales se está haciendo todo este circo. Es bien sabido que este señor se ha estado metiendo entre las piernas de todas las mujeres que se dejen seducir, y puede que tenga bastardos por doquier, como todo "hombre de buena cuna". Así que no, de mí que no espere heredero legítimo; y si llego a quedar embarazada de él, procuraré matarlo antes de que nazca".
Mi prometido me miró furibundo mientras que yo me retiraba del altar con la mirada en alto e ignorando las murmuraciones de todos los asistentes a la iglesia.

Los siguientes días fueron complicados para mí. En lugar de marcharme a casa, me fui a la punta este de la ciudad; ahí vivía una amiga mía, quien me dio cobijo sin preguntar qué había pasado con la boda.
Cuando le conté lo sucedido sin omitir detalle, mi amiga me dio su sincera opinión: Si bien aplaudía mi valor por haber levantado la voz en un momento que pudo haber llegado a un punto sin retorno, debía considerar las consecuencias de mis palabras. Mi prometido no era alguien a quien tomarse a la ligera, mucho menos alguien que se estuviera de brazos cruzados mientras yo me salía con la mía.
Y tenía razón en ese aspecto.
Mi prometido provenía de una de las familias más influyentes de Londres y una de las más antiguas del país. Su apellido estaba muy vinculada al poder y a la riqueza de un modo bastante terrorífico, pues eran amigos cercanos de varios miembros de la aristocracia.
En pocas palabras: era gente con la que no debí cruzar la línea.
"Mierda... La que he liado", murmuré mientras bebía un sorbo de mi pinta de cerveza en el pub más concurrido de Whitechapel.
Mi amiga, de nombre Celia, me miró con seriedad y me dijo: "Creo que debes encontrar aliados, Claudia, y pronto".
"¿Aliados? En la alta sociedad nadie es tu aliado, Celia. Tú misma lo has vivido cuando Victor te dejó en la calle con tus hijos. Para esa gente solo eres una pieza más en el ajedrez. Solo están contigo porque les convienes".
"Permíteme disentir en tu alegato, Claudia. Hay gente que, a pesar de su poderío político, tienen los pies sobre la tierra. Y esa gente fue justamente la que me ha ayuda muchísimo a salir adelante con mis hijos. De hecho, habrás escuchado hablar de ella muchas veces".
Miré a Celia con intriga. Mucha gente influyentes aparece en los periódicos todos los días, así que ignoro a cual de todas se estaba refiriendo. Mi amiga, asentando su tarro de cerveza, me dijo con franqueza que había una familia que la ayudó mucho en el peor momento, y que era mucho más poderosa e influyente que la de mi prometido. De hecho, su patriarca era caballero del Águila Blanca de Rusia y de la Orden de San Pedro y san Pablo.
La sola mención me hizo caer en cuenta de quienes estaba hablando.
"No estarás hablando de los Fairchild, ¿verdad?"
"¿Pensaste que hablaba de otros?"
"Siéndote franca, sí".
Celia bufó y me explicó con detenimiento todo lo que sabía de esa familia.
Si decía yo que los Fitzgerald eran sinónimo de poder y riqueza, los Fairchild eran mucho más que eso. Son gente de negocios y con estrechos vínculos con diversos políticos del país; varios de sus miembros ejercían profesiones vinculadas a la medicina, la diplomacia y la arqueología. Al contrario de los terratenientes y los aristócratas, que dependen mucho de las tierras y de los títulos, los Fairchild trabajaban hábilmente su riqueza a través de las inversiones que podían serles de gran utilidad sin importar si había guerra o no.
Muchos dicen que sir Nathaniel, el patriarca de la familia, es más intimidante que su difunto padre, sir Robert, en términos de poderío; no era alguien que se tomara a bien los insultos dirigidos a sus familiares, excepto a él. Conocida era su venganza brutal contra aquellos que intentaron matar a su sobrino, el explorador Haytham Fairchild, durante un conflicto entre familias a causa del secuestro de Ilona, la esposa de Haytham.
Si mal no recuerdo, mi prometido había incluido a los Fairhcild entre los invitados, pues uno de sus miembros era socio de negocios de su padre. Incluso sabía que mis casi suegros querían pactar un matrimonio con Isolde, la más joven de la familia; no supe si se llegó a concretar esa intención o sir Nathaniel rechazó la oferta.
"Dudo mucho que los Fairchild quisieran ayudarme, Celia. Estaban entre los invitados a la boda, así que no dudes que tienen una pésima impresión de mí".
"Al contrario, de quien tienen una pésima impresión es de Eric. ¿Por qué crees que se negaron rotundamente a vincular a la más joven de la familia con los Fitzgerald? Porque saben que Eric y su hermano tienen bastardos por todo Londres; los han visto y hasta corroborado".
"¡¿En serio?! ¿Cómo?"
"Tienen amigos por todo Londres, querida. Ricos, clasemedieros y pobres; cualquier cosa que quieran saber, tienen los medios y la gente para obtener la información que necesitan".
