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¡Abuela!... ¡Abuela!... ¡Ana!
Con su cuerpo cubierto de jabón, Ana se dirigió hacia la puerta del baño y abrió la puerta para preguntar qué sucedía. Estaba sobresaltada, pensando que su nieta se había caído y estaba pidiendo ayuda; estaba segura, a juzgar por la voz desesperada y temerosa que escuchó, de que esa voz era de su nieta. No obstante, su Elia, quien estaba adormilada, le dijo que nadie la había llamado.
Intrigada, se volvió a meter al baño. No volvió a escuchar la voz, pero el susto fue tal que decidió sentarse en el sofá que estaba frente a un pequeño altar con la intención de rezar por la protección de su familia.
Minutos después bajó su nieta, Leonora. Había ido al baño de la planta baja a orinar, ya que su tía Benita ocupó el de la planta alta. Quiso darle las buenas noches a su abuela antes de irse definitivamente a dormir; la fue a buscar a su habitación, pero no se encontraba ahí, así que fue a la sala, donde la encontró.
Ana, al verla, se levantó intempestivamente.
"¿Estás bien?", le preguntó la anciana en un tono asustado.
"Sí, estoy bien, abuela. ¿Por qué?, ¿qué sucedió?"
"¿No fuiste tú la que me ha llamado?"
"No, abuela. No fui yo. ¿Por qué?"
Ana le refirió lo acontecido hace un momento. Leonora no pudo ocultar su preocupación al notar miedo en su voz. A sus 84 años, Ana no debería estar pasando por estrés alguno; la realidad era que el estrés que vivía desde hace una década era por crisis económicas y por pleitos casi mortales entre sus dos hijas. Si bien a veces Leonora le pasa un poco del dinero que ganaba en sus pequeños trabajos como transcriptora, aquello no era suficiente para aliviar la enorme carga que pesaba sobre Ana al ser la única con ingreso fuerte.
Por esa razón, Leonora ya estaba planeando un pequeño negocio de papelería del cual ella sola comería, calzaría y vestiría sin tener que recurrir a su abuela. Era lo justo, dado que Ana necesitaba atención médica pronta en el ámbito privado; la anciana no quería ser un estorbo para nadie, pero Leonora sabía que si no se atendía los constantes sangrados en la nariz, podría derivarse en terribles consecuencias.
Hablar de ello con su madre, su tía y su primo sería inútil; los tres han demostrado tener poca consideración con los demás. Su hermano Aurelio estaba por terminar sus estudios, y él mismo ya le había dicho que se iría de la casa tan pronto consiga trabajo. Leonora no se lo impediría; de hecho, ella también había decidido marcharse de aquella casa que no era un hogar ya. No quería dejar a su abuela sola, pero era necesario por su bien.
Negó levemente la cabeza. Tenía qué concentrarse en el tema que en esos momentos era pertinente, y del cual la joven estaba muy familiarizada debido a su experiencia.
"Son ecos fantasma que muchas veces nuestro cerebro produce cuando se está muy estresado", dijo con calma mientras acariciaba la mano de su abuela. "Por favor, no te asustes. Te lo digo por experiencia".
Ana pareció tranquilizarse, a lo que Leonora le preguntó si era su voz la que escuchó. Ana le dijo que era parecida. Leonora volvió a tranquilizarla, asegurándole que el estrés le estaba ganando y que necesitaba relajarse, que las cosas se solucionarían.
Tras animar a su abuela un poco, Leonora le dio las buenas noches. No obstante, durante el abrazo percibió que su abuela aún estaba ansiosa.
Podía entenderla. Ella también había tenido su porción de ecos fantasma a lo largo de su vida; escuchar que te llaman cuando nadie lo ha hecho era escalofriante la primera vez que te sucede, aunque después te olvidas de ello y continúas con tu vida hasta que vuelve a sucederte mucho tiempo después, sea en cinco meses, dos años, una década.
Pero siempre había algo que la intrigaba y asustaba cada vez que le pasaba eso: ¿por qué se producían esos ecos fantasmas?, ¿acaso era ello un signo de la locura que su madre heredó a través de Dios sabe qué lado de la familia o realmente, como señalan los más fervientes creyentes, era un mensaje del más allá? Nunca lo sabría.
