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Muerte entre libros
La señora Garrett
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Londres, Inglaterra, diciembre de 1884.
Bajo la luz mortecina de la lámpara de su escritorio, el inspector George Raleigh estudiaba con detenimientos las notas de investigación del caso de asesinato de Meredith Garrett, librero de profesión con un negocio establecido en Holywell Street, un sector denominado por la población local como "la calle de los libreros" por la cantidad de librerías que abundaban a lo largo de sus cuadras.
Las pistas eran pocas y la evidencia era circunstancial. Para empezar, el veneno utilizado en el asesinato era la cicuta, una planta que se utilizaba para el tratamiento de dolores insoportables en muy pequeñas dosis; su consumo accidental se derivaba en una muerte por parálisis. Luego estaba la nota encontrada en la ropa de la víctima; un tal B se lo había dejado en algún momento, con insinuaciones muy subidas de tono que delataban una inherente pasión y posesividad.
Davis había hecho bien en no revelarle a la viuda este último detalle; la mujer tenía bastante con la pérdida de su pareja como para añadirle otra capa de dolor al revelarse que era homosexual. Sin embargo, Raleigh no podía quitarse de encima la corazonada de que la viuda sabía, y aún así lo había dejado pasar porque amaba al hombre en cuestión.
Tomó la nota del tal B y lo leyó por quinta vez en lo que va de la noche. Un sujeto muy apasionado, muy posesivo, esperanzado en que Garrett abrace ese amor que pareció surgir entre ellos. Si Garrett quería dejar a su esposa por él, nunca lo sabrían; el hombre había sido cuidadoso con su correspondencia, pues todas las cartas que recibía las quemaba en la chimenea de su casa bajo la excusa de que no quería reunir tanto papeleo inútil, según puntualizó la viuda hace un par de semanas.
"Papeleo inútil... O correspondencia comprometedora", musitó el inspector mientras dejaba de lado la carta de B.
Su mente volvió al tal B. El amante secreto de Garrett bien podría ser un joven que conoció en alguna reunión, o algún empleado de sus competidores, o algún individuo de los clubes privados escondidos en ciertos puntos de la ciudad.
O quizás no era hombre, sino mujer.
Lo último no tenía sentido; la carta implicaba posiciones imposibles en el lecho que ambos compartían en su departamento de Trafalgar Square. Caricias obscenas, besos en partes inconcebibles... Toda una pasión digna de las novelas que un amigo suyo, Clarence Heward, suele escribir por la libre mientras se sienta en la mesa de una casa de té en King's Road.
La mirada de Raleigh se iluminó por completo.
Clarence Heward. Escritor, poeta de lo más escandaloso. Un tipo que era abiertamente homosexual. ¡Por supuesto!, ¿por qué no se le había ocurrido antes? Podría llevarle la carta y preguntarle si reconocía la letra de su autor, o si había visto a Garrett en algún momento en los lugares a donde los homosexuales frecuentaban a escondidas.
Tomó su saco, se lo puso y salió de la oficina. Se topó con Davis en el corredor. "Trae contigo tu saco, Davis. Iremos a King's Road", le dijo a un Davis confundido mientras caminaba con paso seguro hacia la salida de la estación.
El Scorpion's Point era una taza de té muy concurrida en King's Road; en sus mesas pululaban escritores, artistas y alguno que otro obrero que regresaba de trabajar en las fábricas vecinas.
En una de las mesas del rincón, Clarence Heward examinaba con detenimiento la carta que el inspector Raleigh le había traído.
"Esta letra no es de alguien que conociera, pero estoy sorprendido. Verán, caballeros: soy cliente frecuente de la tienda de al lado, regentado por el señor Phyllis Seymour. En un par de ocasiones he visto al señor Garrett, y estoy seguro que él no se fijó en hombres".
"Muchos homosexuales suelen tener la habilidad de esconder que lo son", puntualizó Davis.
"Cierto, pero les aseguro que el señor Garrett no fue uno de nosotros. ¿Han hablado ya con el asistente?"
"Sí, pero ni él ni la viuda saben que Garrett tenía un romance con otro hombre", dijo Raleigh mientras bebía un sorbo de té.
Heward rio a carcajadas y exclamó: "¡Mi buen inspector, sucede que Barton Crow es uno de nosotros!"
Raleigh y Davis se sorprendieron al escuchar aquella declaración. Heward añadió: "A ese muchacho siempre lo he visto en los callejones de Trafalgar Square, vestido como una chica. Muchos hombres se le acercaban, hacían lo que más les urgía, y le pagaban. A veces viene aquí acompañado de su amante, un librero de nombre Brendan Parr, quien tiene su negocio al final de Holywell Street".
Tras un momento de silencio, Raleigh admitió: "A Barton lo habíamos descartado porque el tipo no aparentaba para nada ser un homosexual; sus reacciones fueron de pura consternación y pesar. La viuda nos contó que él le tenía respeto y aprecio a su jefe por su buen trato. No tenía motivos para asesinarlo".
"Barton es un buen muchacho, de eso no lo dude, inspector. Nunca hizo cosas indebidas con él, si ustedes lo están pensando. Todo lo contrario: le tenía cariño de hijo. Pero Brendan es otra historia. Nunca dio muestras de envidiar al señor Garrett; lo respetaba mucho, pero sí era bastante posesivo con Barton".
Davis y Raleigh se miraron de reojo. Las piezas del rompecabezas acababan de tener una nueva añadidura, y con ella una nueva duda: ¿cuál es el motivo real de asesinar a Meredith Garrett?
