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París, Francia, 1924.
Anne Crawley se encontraba sentada en una de las mesas de la cafetería Le Moulin en el barrio de Montparnasse. Su mirada estaba perdida en un punto, hundida en los recuerdos de aquellos días felices que vivió al lado de Archibald Craven, el hombre con quien se fugó de aquél pueblito inglés de Gravesend una noche de verano.
Era una relación prohibida por la desigualdad social entre ambos; él era hijo de un aristócrata que estuvo a punto de casarse con una heredera americana, ella la hija del panadero local que tenía como prometido al hijo de un colega de su padre. Los dos se conocieron en un amanecer, cuando ella se encontraba sentada cerca de un río dibujando los árboles. No fue amor a primera vista; fue más bien un acercamiento tímido por parte de él.
Los dos estaban conscientes de que su amor no era posible, ni socialmente adecuado. Aunque Archibald era el tercer hijo de lord Craven y la herencia que tendría no sería cuantiosa, la mera idea de que se casara con la hija del panadero resultaba inadmisible. Estupideces de la sociedad, llegó a decirle Archibald en una noche estrellada mientras paseaban juntos por los bosques.
Archibald, quien era aspirante a escritor, apreciaba mucho el talento de Anne como dibujante, algo que el pescador, de nombre Percy Burton, jamás haría.
Percy no era un mal hombre, pero tampoco era gentil; era seco como los veranos calurosos, sin mayor ambición que la de ser un panadero como su padre y su abuelo antes que él. En reiteradas ocasiones Anne le había platicado que podían mudarse a Londres después de casarse, o a París a buscar la vida. Que viera más allá de los límites de Gravesend, que hay más cosas qué hacer que limitarse al pan. No obstante, Percy siempre ponía objeciones, desde el dinero hasta el oficio. No era que el ser panadero les dejara mucho dinero, pero al menos les daba para comer.
En cuanto a los padres de Anne, éstos compartían la misma línea de pensamiento de Percy. Siempre ponían en duda la necesidad de emigrar a la ciudad cuando el pueblo era más seguro y todos se conocían. ¿Para qué ir a un lugar lleno de corrupción y criminalidad cuando se puede estar bien en el pueblo?
Pero Anne deseaba ver el mundo y la vida; deseaba probar la libertad de forjar su propio futuro más allá de un matrimonio que ya veía como estéril. Por ello, cuando Archibald le propuso que se fugaran juntos, ella aceptó sin reparo.
No fue fácil escapar. Sabían que los buscarían, sobre todo a Archie; necesitaban pasar desapercibidos, perderse entre la multitud. Por lo tanto, ambos acordaron situarse en dos puntos diferentes para tener coartadas veraces: Archie se iría a Londres, en donde vivía su amigo Louis, y Anne se iría a Tilbury a visitar a su mejor amiga, Agnes, quien se había casado con un pescador. Se irían a cada punto con dos días de diferencia. Se encontrarían en Chadwell Saint Mary y de ahí partirían a Liverpool, en donde tomarían el barco a Marsella.
Los dos llevaban poco dinero al momento de llegar a París; la ventaja era que Archie tenía a un par de amigos artistas que los ayudaron a encontrar trabajo en una editorial.
Fueron felices por cuatro años hasta que Archie murió de cólera hace unos meses, justo después de que ella tuviera una exposición exitosa en una de las tantas galerías parisinas. Ella lo enterró en el Cementerio de Montparnasse; no tenía mucho dinero, pero entre sus amistades la auxiliaron para pagar el entierro.
¿Qué iba a ser de ella ahora? Archibald siempre le decía que sonriera ante la adversidad; siempre le dijo que no se rindiera. Silvio, un amigo mutuo, le aconsejó que dejara pasar el duelo; que no contuviera las lágrimas, que el duelo lo llevara en el corazón y lo dejara ir poco a poco. Que ella, a sus 28 años, tenía una vida por delante.
Anne siguió el consejo de ambos: estar en duelo y continuar adelante. Era difícil, pero sabía que la luz estaría al final del túnel.
