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Bajo el farol
Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
¿Cuánto tiempo llevo caminando por estas calles? ¿Una hora?, ¿dos horas? No lo sé.
Mis pies me duelen. Estoy cansada. El vestido me estorba. Tengo hambre. Quiero encontrar un lugar en dónde guarecerme y reanudar mi caminata mañana.
Quiero todo y no tengo nada.
Me detuve en una esquina. Miré hacia atrás. Nadie me sigue; las calles están silenciosas. Me estremecí en solo pensar en ello, pero me di ánimos a mí misma. Sabía que estaba cometiendo una estupidez al haberme marchado de la casa de los Oswald, y quizás no tenga justificación alguna más allá del hecho de que no quiera casarme con Gordon.
Mientras me dejaba caer un momento en las orillas de una albarrada, pensé con detenimiento en mi prometido.
Lo que no me sorprendió fue que no sé nada de él más allá de que es un hombre enfocado en su trabajo como abogado en el despacho de su padre, el señor Charles Oswald; que adora a su madre Amelia y a su hermana Lizzy, a quienes defiende a capa y espada; que le encanta reunirse con sus amigos en uno de los tantos clubes de caballeros y que detesta ser molestado por cualquier cosa que considere una tontería.
Gordon aspiraba a los afectos de Sally Orchard, la mejor amiga de mi hermana mayor; no obstante, Sally ya se había comprometido con Albert Hills, hijo de un acaudalado mercader textil. Deduzco que me eligió por la cercanía de mi hermana con ella; incluso noté que los Oswald le tenían cariño y aprecio.
Odio compararme con la gente, pero no puedo evitar hacerlo con Sally. Ella era bonita, refinada, educada, graciosa, con mucho carisma; su sonrisa producía un efecto extraordinario en la gente que la conocía. Era la mujer de los sueños de Gordon. ¿Y yo qué soy? Una mujer torpe, ilusa, tímida, retraída; siempre que intento hablar, me ignoran como si estuviera pegada en la pared. A Sally no le hacen eso, ni siquiera mis hermanas.
Confieso que envidié a Sally en su momento. La odié porque yo no puedo ser como ella. Sin embargo, esta noche descubrí durante mi caminata algo que me hizo reconsiderar todo: desear ser como alguien más no me iba a llevar a ningún lado. Todos somos iguales pero a la vez distintos, y no hay nada de malo en ello. Si alguien empieza a compararme con otros, ¿qué sacaría yo con llorar, con indignarme ante algo que detesto hacer? Solo estaría permitiendo que me pisoteen.
Fue este punto de inflexión que descubrí que lo mejor para mí era no casarme con un hombre que aún ama a otra mujer. No quiero estar recurriendo a otros para encontrar lo que mi marido podría darme; no quiero estar sometida al juicio de otros o que me estén culpando de las idioteces de mi marido. No quiero nada de ello.
Quiero mi paz y mi libertad. Lo demás que se vaya al carajo.
¿Soy egoísta? La gente dirá que sí, pero no busco comprensión de nadie. Ya no más.
