"Vámonos a América".
Suzanne Ebrard se volvió hacia el joven que se encontraba recostado en el pequeño y destartalado lecho de una habitación, iluminado por la luz del sol que se filtraba en el pequeño hueco del techo.
El año era 1878. París estaba en medio de grandes cambios industriales, sociales y políticos. En esos momentos se estaba llevando a cabo la Exposición Universal, del cual la ciudad era anfitriona; todo el mundo hablaba de arte, cultura, ciencia... Todos hablaban de grandes logros en esos campos.
Era la oportunidad de brillar para muchos artistas, científicos e inventores. Era la oportunidad de que Francia demostrara su valía ante el mundo. Y si Suzanne lo pensaba bien, la oportunidad perfecta para cambiar de vida, lejos de un matrimonio infeliz, de una familia política controladora y de obligaciones asfixiantes.
Pero tenía un problema. Si abandonaba todo, debía abandonar lo que más amaba: su hijo de cinco años, Gaston.
La idea en sí le era insoportable. Dejar a su querida criatura a merced de gente sin escrúpulos, dejarlo en un ambiente donde el afecto era inexistente le parecía la más grande crueldad posible. Podría llevárselo; su amante no tendría problema con ello. Sin embargo, ¿qué sucedería si el día de mañana la relación entre ambos se terminaba de forma abrupta en tierra extraña?
Todas esas dudas se las comunicó a su amante; le miró expectante, preparándose para cualquier respuesta, positiva o negativa. El hombre, dejando escapar un suspiro, levantó la mirada y le dijo: "Si tu hijo no existiera, ¿te habrías marchado conmigo?"
Fue el turno de Suzanne en guardar silencio. Su amante, con franqueza, añadió: "Tienes dudas razonables, dado que estamos hablando de que tu hijo estaría contigo si te decides a marcharte conmigo a Nueva York, a una nueva vida lejos de París. Estás consciente de que te verías a la deriva en tierra extraña si nuestro amor termina, con un niño pequeño que necesita comer, vestir y calzar. Sin embargo, creo que estarás bien después de eso. Que sobrevivirás, porque sé que eres fuerte para enfrentarte a la vida misma".
Suzanne le miró atónita mientras el hombre se levantaba del lecho. Desvió su mirada hacia la ventana; la vista de París al atardecer le parecía bello, con sus colores nítidos bañando cada rincón posible.
Un atardecer perfecto para sentarse en el parque, leer y contemplar los árboles. Para pensar e imaginarse una vida feliz al lado del hombre que la veía como mujer, como ser humano, como su todo.
Un golpe de realización hizo que se levantara abruptamente de su asiento. En esos momentos, Gaston se encontraba en casa de su hermana, Nancy. Ésta era la única que conocía su aventura con Auguste, el joven pintor que se encontraba sentado delante suyo, terminando el encargo de uno de sus patrones; en reiteradas ocasiones le advirtió que no cometiera una tontería, que pensara bien las cosas y que, de ser posible, terminara su relación con Auguste antes de que todos los demás se den cuenta de su infidelidad y se metiera en problemas.
Pero Suzanne se negaba a renunciar al amor de su vida; se negaba a darle a su hijo una infancia triste, con un padre que le negaba todo afecto y que ni siquiera lo veía para cuando regresaba a casa y con familiares que parecían menospreciar sus experiencias pasadas.
Ella se marcharía, abandonaría la vida cómoda y aceptaría lo que viniese. De todos modos, no sería la primera vez que se enfrentaría a una vida de pobreza; lo haría con tal de que su hijo fuera feliz. Lucharía, como lo hizo su propia madre en el pasado, cuando la familia cayó en desgracia tras un pésimo manejo de las finanzas. Les tomará tiempo para estabilizarse económicamente, quizás 10 años, quizás más, quizás menos, pero confiaba en que vendrían tiempos mejores.
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