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Casilda observaba con detenimiento al hombre con bastón que estaba de pie en la fila de adultos de tercera edad y discapacitados. Estaba solicitando apoyo para poder cubrir el paquete funerario que habían elegido para su familiar fallecido, el cual había perdido la batalla contra el cáncer. La voz del hombre era rota, honesta, tratando de no llorar, de no perder la compostura.
Y Casilda entendía que ella podría ser ese hombre. Por ello fue que le regaló algo de dinero, contribuyendo así a la causa sin importarle si era real o no.
Ella había venido con su abuela Matilde al área de laboratorio para sus análisis clínicos. Para la hora que llegaron, a las 6:15 de la mañana, ya había gente en dos filas: en una se encontraban adultos mayores, embarazadas y discapacitados, y en la otra gente joven y de mediana edad.
Como siempre suele pasar, hubo gente que se coló en la fila. Una señora de la tercera edad se puso mero adelante con su hijo, suplantando el lugar de un señor que estaba ahí desde Dios sabe qué hora. Una mujer de la misma fila intentó explicarle pacíficamente que ella podía sentarse mientras su hijo hacía cola, pero la señora andaba de necia, y el hijo ni decía nada. No querían hacer fila como los demás.
Casilda negó con la cabeza. Le comentó a una señora que aquello era injusto, que el hijo debió dejar a su madre sentada y que él se iba a formar cola. La otra señora, la que fue a hablar, le contó que la que se había colado estaba en la firme creencia de pasar primero "por su edad", solo porque llevaba bastón.
La señora que estaba detrás de Casilda estaba indignada. "El señor estaba ahí primero, y luego llegaron los otros tres que están en sillas de ruedas", señaló.
"He ahí la necesidad de un guardia en esta parte", puntualizó Casilda. "Además, hay cámaras con las cuales uno se puede escudar para decir que esa gente se coló".
Otros señalaron que aquella señora había llegado hace unos minutos y que ya estaba haciendo cola en una parte de la fila. Casilda replicó: "Pues hubiera sentado a su mami ahí y se hubiera regresado. ¿No es eso lógico?" Varios asintieron.
A las 7 de la mañana, llegó el guardia y la fila empezó a avanzar. La señora y su hijo no pudieron moverse; la gente no se lo permitió. Otra persona, quien tenía a su pariente en silla de ruedas, intentó hacer lo mismo, pero el guardia la vio y le dijo que se fuera hacia atrás.
Por suerte para Casilda y su abuela, ellas fueron las segundas en ser atendidas en la puerta asignada, la número tres. La química, una mujer amable, trabó un poco de charla mientras sacaba las muestras, entregando uno de los tubos a Casilda para llevarlo al área de Medicina Nuclear, el cual se encontraban a la vuelta del laboratorio.
La joven lanzó un suspiro luego de dejar a su abuela sentada antes de incorporarse a la fila. No era la primera vez que presenciaba el intento de la gente de pasarse de viva; era algo cotidiano dentro del Seguro Social ese tipo de situaciones, aunque sentía que era necesario que hubiera alguien que vigilara e impusiera orden.
Pero era el Seguro Social, una de las instituciones más saturadas del país; era probable que la institución no quisiera contratar más guardias de seguridad debido al limitado presupuesto que el gobierno federal asignaba año con año, con todo y sus reducciones.
No se podía hacer mucho más que estar atento ante este tipo de situaciones, se dijo mientras le leía a su abuela el menú de la cafetería a la que entraron a desayunar un rato después.
