Coastal Encounters: Living Alongside the Cuban Curly-Tailed Lizard

Working in a hotel near the coast in Cuba means you don’t just see the sea — you also share the space with wildlife in unexpected ways.
One of the most common visitors are these small reptiles, locally known as caguayos or “perritas de costa”, scientifically identified as Leiocephalus carinatus.

They are fast, alert, and naturally cautious. Getting close enough for a photo isn’t always easy. In this case, I had to move slowly and patiently, avoiding sudden movements until it felt safe enough to stay.
What surprised me is how much they tolerate human presence.

There is a small park area near my workplace where employees usually take short breaks. The benches are simple, improvised with hollow concrete blocks and wooden planks. It’s a quiet place to drink coffee and rest for a moment.
And yet, it’s not only ours.
These lizards move freely around the area, climbing, stopping, observing. In this shot, it remained still for a few seconds, almost blending with the texture of the wood.

Over time, it becomes clear that they have adapted to us. Not completely, not domesticated — but aware. They keep their distance, but not as much as you would expect from a wild animal.
It feels like a silent coexistence.

Moments like this remind me that even in spaces shaped by humans, nature doesn’t disappear — it simply adjusts, observes, and continues.
Photos taken by me
Cuba
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Encuentros en la costa: conviviendo con el caguayo cubano

Trabajar en un hotel cerca de la costa en Cuba significa que no solo ves el mar — también compartes el espacio con la vida silvestre de formas inesperadas.
Uno de los visitantes más comunes son estos pequeños reptiles, conocidos localmente como caguayos o “perritas de costa”, identificados científicamente como Leiocephalus carinatus.

Son rápidos, atentos y naturalmente cautelosos. Acercarse lo suficiente para tomar una foto no siempre es fácil. En este caso, tuve que moverme despacio y con paciencia, evitando movimientos bruscos hasta que se sintiera lo suficientemente seguro como para quedarse.
Lo que más me sorprendió es cuánto toleran la presencia humana.

Cerca de mi área de trabajo hay un pequeño parque donde los empleados suelen tomar breves descansos. Los bancos son simples, improvisados con bloques de hormigón huecos y tablas de madera. Es un lugar tranquilo para tomar un café y desconectar unos minutos.
Y, sin embargo, no es un espacio solo nuestro.
Estos lagartos se mueven libremente por el área, suben, se detienen, observan. En esta toma, permaneció quieto por unos segundos, casi mimetizándose con la textura de la madera.

Con el tiempo, se hace evidente que se han adaptado a nosotros. No completamente, no domesticados — pero sí conscientes. Mantienen su distancia, aunque no tanta como cabría esperar de un animal salvaje.
Se siente como una convivencia silenciosa.

Momentos como este me recuerdan que incluso en espacios moldeados por el ser humano, la naturaleza no desaparece — simplemente se ajusta, observa y continúa.
Fotos tomadas por mí
Cuba
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