Provengo de una familia católica. Una familia católica con muy poca formación, debo reconocer. Una familia que se limitó a cumplir con el mínimo requisito creyendo con firmeza que de eso se trataba todo. Mi abuela fue mucho más formal y profunda en sus convicciones, también debo reconocerlo. Estoy hablando de mi familia materna. Estudié en un colegio de religiosas católicas y allí recibí una formación a medias. Eso sí, conocí muy bien la obra misionera que desarrollaban muchas congregaciones, en especial a la que pertenecen las religiosas del colegio. Todo estaba servido para que terminara alejándome de la Iglesia católica una vez que comenzaron a caer libros en mis manos, en especial, los de Friedrich Nietzsche y los de Hermann Hesse.
No quiero ahondar mucho en el recorrido que hice por tantos vericuetos espirituales, pero terminé siendo, o al menos eso creía, ateo. Un ateo que intentaba respetar, pero que era muy duro y terrible cuando se acercaba alguien a intentarme convencer de mi error. Y es que muchas veces me topé con cristianos (católicos y evangélicos) que realmente pensaban que estaban en peldaños morales por encima de mí. Sin embargo, sus videos y mucho de lo que decía no guardaban relación con la mansedumbre que se supone debe distinguir a los creyentes. Eso era lo que solicitaba Cristo de sus seguidores. Eso era lo que yo alcancé a ver en dos de los personajes de los que más se hablaba en mi infancia: Madre Teresa de Calcuta, hoy santa; y Monseñor Oscar Romero, que será santo en octubre de este año. Muchos, muchísimo cristianos están convencidos de que sólo se trata de creer y nada más, más allá de lo que afirma Santiago en su carta: fe sin obras es fe muerta, es decir, fe sin una acción que la acompañe no es fe, es otra cosa, es creer que se cree.
En fin…
Entre una cosa y otro, en especial, en medio de una muy fuerte experiencia dolorosa, volví a la Iglesia. Volví a la fe de mis padres. Volví a casa. Sin embargo, me juré profundizar la fe, mi fe. Profundizarla no sólo tratando de comprenderme a la luz del Evangelio, sino estudiando con cierta seriedad el pensamiento de los Padres de la Iglesia, lo que llaman Patrística, estudiando los documentos oficiales de la Iglesia, formándome. Eso sí, tratando de no olvidar lo que había ya leído. Cuando volví a la Iglesia Católica por mis manos, mi mente y mi corazón, pasaron grandes obras del Budismo y del Hinduismo, así como la de grandes hombres y mujeres que intentaron, desde sus limitaciones humanas, dejar un testimonio de sus experiencias místicas y espirituales.
Sin duda, mis primeros años estuvieron marcados por participar en grandes debates acerca de si Dios existía o no, de si la verdadera fe es la católica, lo mismo de siempre. En medio de todo eso, poco a poco, la imagen de la Virgen María empezó a cobrar vida y forma en mí. Entonces, junto a ella, el silencio comenzó a introducirse en mí y una idea muy clara: la radicalidad es conmigo y la apertura es con los demás. Una apertura que respetara su manera de pensar, su camino hacia Dios que, por como el mío, es muy personal. En este camino hacia Dios, el camino personal que emprendo, me empezó a decir que guardara silencio, que compartiera mi experiencia, pues estoy llamado a ser testimonio de fe, pero sin atropellar, sin buscar convencer, ya que, sólo Dios es quien tiene ese derecho. Corregir? Claro, eso sí, corregir cuando no se diga la verdad histórica, pero nada más.
La religión es realmente producto de la cultura, pero con una mirada escatológica, es decir, con la mirada puesta en las cosas últimas, ya que, al fin de cuentas, hablamos es de la muerte y nuestra relación con la idea de la muerte. La espiritualidad, algo que considero mucho más profundo, es lo que le brinda ese brillo especial a cada práctica religiosa, y eso, sin duda, es muy delicado. ¿Con qué moral puedo llamar al Dalai Lama falso? ¿Me explico? Yo tengo derecho a vivir una religiosidad como la tiene todos, aunque no sea la misma. He visto en ello una enorme riqueza. De hecho, muchos hermanos de otras confesiones cristianas, de otras religiones, me han ayudado a vivir con mayor intensidad mi propia fe.
Mi esperanza está puesta en Cristo. Estoy convencido que Él es el camino, la verdad y la vida, y que el camino es uno solo. Y mi convencimiento es tan válido como el que puede tener un musulmán o un judío. Ante eso, el silencio de la Virgen María. Como escribie Walter Kasper, la animosa confesión de la esperanza cristiana en la resurrección no significa, sin embargo, un rechazo o una negativa al diálogo con otras religiones y cosmovisiones. Un desafío permanente para la teología cristiana y una gran obligación de todos los que se confiesan cristianos es esforzarse por «el diálogo del testimonio vital» con todas las personas de buena voluntad.
Esto significa en concreto no aceptar el presente como un destino impuesto, sino desde la convicción de la esperanza cristiana en la resurrección afirmar y tomar en serio el «aquí y ahora» de la vida, contribuyendo a reconfigurar el mundo actual como creación de Dios, abogando por la singularidad y dignidad de cada persona individual, aminorando el sufrimiento y tratando de superar ya hoy la injusticia. Cristo, realmente, nos abraza a todos. Dios decide cómo amar y abrazar a sus hijos.