Dedicado a los once ucranianos que dieron su vida por la dignidad del fútbol y el deporte.
Parecía fácil, sólo teníamos que dejarles anotar al menos un gol más que nosotros (mucho mejor si nos goleaban) si queríamos vivir. Había que entregar el juego que tanto amamos a ellos, los mismos que llegaron a Kiev para obligarnos a ser sus esclavos, a pulir sus botas, a servirles sus platillos; esos que se llevaron a mi vecino hacía un campo de concentración, los que tomaron a nuestros hijos y mujeres para experimentar con ellos, los que nos tienen prisioneros mientras avanzan por el campo de fútbol como si fueran los dueños de casa.
Hace cuatro años salí de mi pueblo rumbo a Kiev para trabajar en la panadería estatal 3, no era muy grande pero sí conocida por vender las mejores Pampushkas de la ciudad. En un principio sólo había trabajo como barredor del local pero con el tiempo pude hacerme hornero. Kordik, el dueño de la panadería estaba formando un equipo de fútbol, le dije que en mi pueblo yo jugaba de arquero, me hizo la prueba y así fue como inició mi historia en el gran Dinamo de Kiev. Éramos los mejores de Ucrania, de todo el planeta, nadie nos ganaba, sólo la guerra acabó con nuestro destino.
Con la guerra poco quedó del Dinamo, todos fuimos al frente para defender el país contra los Nazi, tres de los muchachos murieron en la lucha, al resto los invasores nos hicieron prisioneros en nuestra propia casa. Pero aquí estamos, nos reagrupamos en el campo de concentración, tres muchachos del Lokomotiv, otrora nuestros rivales deportivos se integraron al equipo: el FC Start. Quizás con el fusil no logramos el objetivo pero con un balón éramos invencibles y eso lo sabían los alemanes.
Ellos crearon la liga para aplastar nuestra moral, conocían la reputación de los futbolistas ucranianos que tenían prisioneros y querían demostrar que el ejército nazi también sobre un rectángulo verde era superior. Lo que no saben nuestros captores es que nosotros sobre el césped éramos libres, sentíamos que ninguna fuerza superior nos detendría, aquí somos los dueños de casa y ningún invasor es capaz de ganarnos.
Uno a uno ganamos los partidos a los equipos de la liga: 6-2, 11-0, 9-1 sólo los del frente húngaro dieron pelea, a ellos les ganamos 3-2. Con cada victoria el orgullo del pueblo ucraniano crecía y nuestra moral se fortalecía como una roca en la misma medida que el temor se apoderaba de nuestros captores. Llegamos a la final contra ellos, el Flakelf de la Luftwaffe, una máquina de juego sucio y una oda al antifútbol. Justo antes de salir al campo de juego ellos nos amenazaron: Si nos ganan se mueren, conociendo la calaña del ejército nazi sabíamos que no sería algo difícil cumplir esa promesa.
Yo como capitán del equipo los reuní y les dije: "esta es la situación, si ganamos nos fusilan y si perdernos viviremos unos días más. Entonces muchachos les digo, si nuestro destino es morir entonces hagámoslo ganando a los que nos tienen aquí". Era evidente que los alemanes querían ganar a cualquier precio, nos redujeron las raciones de alimentos, La desnutrición campeaba entre nosotros, tampoco nos permitían practicar y mucho menos recibir atención médica. La mesa estaba servida para la gran victoria nazi.
Salimos al terreno de juego con la cabeza bien en alto, con el mismo orgullo con que nos negamos a alzar el brazo y saludar a Hitler. El arbitro también formaba parte de la nómina alemana, nos dimos cuenta desde el inicio del juego por la suciedad extrema de los futbolistas del ejército nazi. Pero nuestras ganas de ganar superaba cualquier golpe, cualquier fractura, la ilusión de verlos humillados frente a nuestra gente es nuestro norte.
Ellos iniciaron anotando un gol, su euforia era notable, se sentían en las nubes. Ya era hora de pagarles con la misma moneda. Foul cerca del área grande y de nuestro lado está el mejor pateador de tiros libres de Europa. Kuzmenko dibujó la parábola más hemosa que jamás haya visto, un golazo que hizo temblar a nuestros rivales e infló la moral más allá del infinito. Poco después llegó el segundo y el tercero, el primer tiempo terminó con nosotros arriba 3-1 y ellos frustrados a más no poder.
El segundo tiempo fue frenético, el equipo de los soldados alemanes atacaba con furia y desesperación, se preocupaban más por machacarnos en el campo que por defender por lo que a cada gol que ellos hacían nosotros replicábamos con otro. El partido estaba por terminar, el árbitro ya no podía alargar más las acciones, igual los alemanes no tenían capacidad, fuerzas ni ánimo para derrotarnos. Esos minutos finales fueron los mejores de mi vida, es lo que recuerdo ahora, aquí parado frente a este hoyo con el pelotón de fusilamiento frente a mi, ese juego es la razón por la que amo tanto el fútbol, hasta el punto de perder la vida antes que ceder a las amenazas de quienes no saben jugarlo.