Soy el árbol torcido que se endereza de vez en cuando. Investigo, en términos filosóficos y teóricos, sobre las formas en que los individuos se convierten en sujetos políticos en un Estado, principalmente, para enseñar a mis estudiantes que el feminismo es un asunto jurídico, pero, sobre todo, humano. Porque creo que la humanidad no debe ser solo un objeto de estudio, sino la confirmación cotidiana, en la academia y en la calle, de que la nobleza no se separa de una inteligencia genuina. Me tuerzo para mirar la baja autoestima con ojos de aburrimiento, pero me enderezo para creer que un acertado sinónimo de “amor” es el respeto. Soy devota de la ironía, sobre todo si sirve para reírme de mí misma: Xenia Guerra, de las rarezas y los conflictos a los que la etimología de mi nombre me convoca. Por ejemplo, mi extraña dislexia, en la palabra “sexo” no veo cuatro letras, sino un .GIF de complejos y convencionalismos en los que muchos disfrutan repetirse infinitamente. También escribo porque todos los días hay que degenerarse en buena forma.
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