Buenas hermosa comunidad dios los bendiga, aqui esta la continuación de mi vida como maestro,descrita en modo de novela espero les siga gustando.

Capítulo 2: La primera noche
Yane Adrian no durmió.
No por el frío —aunque la sierra de Holguín se filtraba por las rendijas de madera como un animal sigiloso—, sino por el rumor. Esa guitarra que había escuchado al llegar no dejó de sonar hasta pasadas las tres de la madrugada, pero nunca la misma canción. Cada vez que creía identificar la melodía, la música cambiaba de tono, como si alguien estuviera aprendiendo a tocar en reversa.
Amaneció con los ojos abiertos y las manos agarrotadas alrededor de la vela ya consumida. El cartón con la inscripción seguía en el bolsillo de su camisa. Lo sacó.
«¿Seguro que sigues?»
Lo puso sobre la mesa y, por un momento, le pareció que la letra se había vuelto más oscura. O más reciente.
—No estoy loco —murmuró, y la palabra sonó a mentira.
Afuera lo esperaba el mismo niño de la piedra. Se llamaba Ramón y tenía ocho años, aunque sus ojos aparentaban más. Llevaba una libreta a cuadros sujeta con un cordel y un lápiz sin punta.
—¿Ya desayunó, maestro? —preguntó.
—Todavía no.
—Doña Carmen dijo que si no desayunaba, ella le daba yuca con mojo.
Doña Carmen, supo después, era la abuela de Ramón y la única persona en La Esperanza que tenía una cocina con chimenea. Los demás cocinaban afuera, bajo techo de palma, como si el humo fuera otro vecino.
La escuela resultó ser un galerón de tablas caídas, con un pizarrón de madera pintado de negro que alguien había clavado a un árbol de guásima. Dentro no había bancos, sino pedazos de tronco cortados a la misma altura. Seis pedazos. Seis alumnos.
—Faltan dos —dijo Yane Adrian.
Ramón negó con la cabeza.
—No faltan. Es que Leidy y Yordanis vienen más tarde. Viven en la loma de atrás, bajan cuando el río no se crece.
—¿Y si el río se crece?
El niño lo miró como si la pregunta fuera ingenua.
—Entonces no bajan.
Yane Adrian pasó los dedos por la superficie del pizarrón. En la esquina inferior derecha, alguien había rayado una fecha: 1994. Y debajo, una palabra borrosa que terminaba con la misma letra que el cartón.
Maestro.
No quiso pensar en eso. Sacó una tiza del bolsillo y escribió con pulso firme:
Bienvenidos a un año nuevo.
Debajo, sin saber por qué, dibujó la misma estrella que había garabateado esa noche en su libreta de bitácora. La que sus alumnos algún día recordarían como el primer misterio.
Adentro del galerón, el silencio era tan denso que se podía oler.
Yane Adrian dio media vuelta y miró hacia la loma. Allá arriba, entre los pinos y la niebla que no se iba ni al mediodía, una figura oscura lo observaba. No se movía. No saludaba.
Solo estaba.
—¿Quién es? —preguntó Yane Adrian, señalando.
Ramón arrugó la nariz.
—Ahí no hay nadie, maestro.
Él volvió a mirar. La figura seguía allí. Y entonces, lentamente, levantó una mano.
No para saludar.
Para señalar el suelo.
Yane Adrian bajó la mirada. A sus pies, sobre la tierra roja, alguien había rayado una flecha. No apuntaba hacia la escuela ni hacia las casas.
Apuntaba hacia adentro de la montaña.
Esa noche, por segunda vez, Yane Adrian no durmió.
Pero esta vez no fue por la guitarra. Fue porque, cuando revisó el bolsillo de su camisa, el cartón ya no estaba.
Y en su lugar encontró una tiza. Gastada.
Del mismo color de la flecha.