
Había una vez, una chica que era tal cual como un espejo, fuera quien fuera que se le acercara, ella podía imitarlo completamente; en el fondo, ella sabía que estaba mal, pero puesto que el ser ella misma no la llenaba, decidió llenarse de otros. Cuando veía a alguien que le gustaba, lo imitaba por mucho tiempo, hasta que se aburría. Cuando no tenía nada que hacer, encendía la televisión e imitaba a la primera persona que apareciera, llego un momento en donde incluso la voz le salía igual a la persona que quisiera imitar. Aunque ella no estuviera consciente de ello, las personas a su al rededor lo empezaban a notar, y se alejaban de ella. Y cuando se quedó sola, sin alguien a quien imitar, se dio cuenta de lo vacía que estaba. Intentaba recordar quién era, pero no podía. Había desaparecido. El hecho de estar consciente de que estaba vacía, la agobiaba a tal punto de impedirle respirar. Desesperada por buscar a alguien para apoyarse, Tomó a la primera persona que encontró, pero hubo un problema. Aquella persona tal como ella, era un espejo. Y al no poder reflejar nada más que a ella misma, que reflejaba a aquella persona, que la reflejaba a ella misma, se dio cuenta en lo que se había convertido.
En un inútil cristal, que dependía de otros para poder existir, y ahora que no había nadie,
se quebró.
Fin