Con amor, Edea.
«Miramos la vida con ojos curiosos llenos de preguntas, ojos curiosos que a su vez temen a las vicisitudes del universo que les rodea, esperando entender el todo y el nada y esperando tan solo un borrón que acabe con nuestro sufrimiento sin siquiera darnos cuenta de la importancia del ahora y la felicidad que puede traer una nueva vida.»
Las palabras resonaron en la cabeza de Edea a medida que camina fuera de aquel edificio de paredes negras y vidrios cubiertos de mugre. La calle, aunque estrecha y solitaria se veía ampliada por la fuerza imponente que transmitía aquel lugar.
«¿Que debo hacer? Se pregunto a si misma.
La lluvia comenzó a caer a medida que transitaba aquel callejón y volvía a la avenida principal de Bella Vista. Las personas caminaban a su alrededor y daban pasos rápidos, pasos apresurados buscando cubrirse de aquel chubasco, Edea en cambio caminaba lentamente y dejaba correr el agua por su piel, arropándole, haciéndole sentir que estaba "viva" una vez más, y las repuestas llegaban a ella como las gotas frías que reivindicaban su existir.
Tan solo una semana había pasado desde aquel encuentro con su ginecólogo.
«Tu embarazo esta bien, sin embargo tu no lo estas.» Dijo él, y tras un gesto de preocupación continuo. «Pero temo que debes decidir un camino pronto. Es tu vida o la de el niño.»
«¿Decidir? ¡Era mi vida la que estaba en juego!»
Quizás eso había dicho tan solo unos días atrás, pero su enfoque ahora era distinto. Había cambiado sus preocupaciones, sus miedos e inseguridades, por un nuevo sentido de la percepción de su existencia y debía dedicarse a mantener ese nuevo enfoque.
Las calles se inundaron y algunas personas gritaban o se quejaban por la situación, sin embargo Edea continuaba caminando bajo la lluvia, con una sonrisa prominente y sus ojos llenos de una luz que la motivaba a seguir adelante.
Tan solo dos semanas después Edea dio a luz a una pequeña.
«Elisabeth... mi pequeña Elisabeth»
La bebe lloró, gritó y se estremeció en los brazos del doctor, quien tras limpiarla y cortar el cordón umbilical se acerco a Edea y dispuso a la pequeña en su brazos.
Elisabeth hizo silencio y se recostó al pecho de su madre, sintiendo el calor de su cuerpo y recibiendo lo que seria el ultimo aliento que dejaba atrás una vida para dar paso a la existencia de un nuevo amanecer. Elisabeth estaba viva y con ello Edea siempre lo estará.
Fuente de imagen: enlace.