Eran las diez de la noche en Caracas. El aire decembrino, ese ยซpachecoยป ligero que baja del รvila, se colaba por las rendijas de los bloques calados, refrescando el bullicio de una ciudad que, a pesar de todo, siempre encuentra una excusa para la esperanza โcomo la extraรฑoโ. En el comedor, el tiempo parecรญa haberse detenido en un encuadre perfecto de amor y tradiciรณn.

Henry, con su porte de patriarca bondadoso y su bigote de hidalgo, presidรญa la mesa luciendo una camisa de rayas multicolores. A su lado, Ana Amalia, su compaรฑera de vida, vestรญa una sudadera blanca que reflejaba la luz de la sala, con una expresiรณn serena, de esas que solo tienen las mujeres que son el ancla y el puerto de una familia โella es enfermera profesional y al dรญa siguiente tenรญa guardia en el Centro Hospitalarioโ. Antes de que el primer bocado de la hallaca โese tesoro envuelto en hojas de plรกtano que guarda el secreto de la identidad venezolanaโ tocara sus labios, mi sobrina Gilda alzรณ la cรกmara.
โยซยกNo se muevan!ยป, sentenciรณ ella desde el otro lado del lente. E inmediatamente, como arte de magia, me llego a kilรณmetros de distancia.
En ese instante previo al festรญn, el mantel de encaje blanco sostenรญa no solo los platos rebosantes de ensalada de gallina y pan de jamรณn, sino tambiรฉn las ilusiones acumuladas durante el aรฑo 2025. El cuenco amarillo, lleno de pan artesanal, se erigรญa en el centro como un sol pequeรฑo, iluminando la sencillez de lo sagrado. En el espejo al fondo, se reflejaba la espalda de Henry, como si la casa misma quisiera abrazarlo doblemente.
Durante la cena, el tintineo de los cubiertos compitiรณ con las anรฉcdotas de Navidades pasadas. La foto capturรณ el silencio antes del estallido de risas, el momento exacto en que la familia se reconoce en la mirada del otro. Henry y Ana Amalia, sentados frente a la abundancia del afecto, nos recordaron esa noche que, mientras haya un plato para compartir y una mano que estrechar, el futuro siempre tendrรก sabor a hogar.

Portada de la iniciativa.
