No se habían preocupado mucho por mantenerlo, ni por ponerle un nombre complejo. El hotel “El Descanso” era un lugar viejo, amueblado y pintado a la moda de hace cincuenta años atrás. Era un sitio decadente y con un olor particular a humedad y guiso. Lo rodeaba el silencio del desierto, con sus cactus y sus lagartijas. Frente a él se encontraba la ruta 45, una calle que iba hacia las montañas y terminaba abruptamente en la nada; víctima de la corrupción humana y, también, divina. Hecho para el descanso, pocos allí descansaban.
Laura lo encontró cuando deambulaba en su coche de noche, totalmente perdida, ya que los carteles indicativos era algo para lo que no había alcanzado el dinero. Sólo pensó en quedarse esa noche, hasta que pudiera encontrar el camino que llevaba hacia un paisaje más turístico. Sin embargo, como su escapada tenía como objetivo escribir un libro, el lugar le pareció ideal por su tranquilidad y terminó quedándose unos días.
A la hora del almuerzo, veía a la familia Robles, únicos huéspedes aparte de ella. Era una pareja muy sociable de mediana edad con dos hijos de diez y doce años. Laura se divertía con su conversación y se la pasaban riendo y charlando sin parar. Parecían hechos de luz solar, siempre la saludaban con una calidez que ella no veía hacía mucho tiempo. Al principio se sentaba sola en su mesa, pero los Robles la invitaron a compartir con ellos y así fue lo restantes tres días.
En las tardes pocas veces los veía, sólo se dejaba ver la presencia de la señora que atendía la recepción. Mujer de pocas palabras, osca y solitaria. Llegaba en bicicleta muy temprano en la mañana y se iba al anochecer. Cuando Laura le preguntó de dónde era, vagamente le contestó que del pueblo cercano. El hotel lo había heredado de su padre.
Un día, decidió salir a caminar cerca del hotel. Estaba cansada de estar en su habitación escribiendo y los Robles habían mencionado un sitio donde había un arrollo que según ellos era lindo para ir merendar. Cargó su mochila y se dirigió hacia allí. El sitio lo encontró hermoso, parecía que lo rodeaban los únicos árboles del lugar, que barrían el suelo con sus hojas. Laura acababa de sentarse debajo de un árbol cuando vio a Mateo, el hijo menos de los Robles. Estaba solo y miraba fijo el arrollo. Lo llamó, pero el niño corrió directo a un aguaribay grande y… desapareció. La joven parpadeó. No había ninguna casa cerca, solo el árbol. Recorrió el lugar, pero Mateo ya no estaba.
En el almuerzo del día siguiente, Laura le comentó lo que había pasado a su madre.
—No sé cómo hizo Mateo para desaparecer tan súbitamente.
La mujer sonrió, pero sus ojos parecían lejanos.
—Los niños de esta tierra son muy rápidos, querida.
El último día, Laura empacó y fue a pagar a la recepción. La mujer, estaba detrás del mostrador, fumando y con auriculares en sus orejas como era su costumbre.
—Espero que la haya pasado bien en su estadía —le dijo con cortesía.
—Por supuesto que sí, la familia Robles me hizo sentir como en casa.
La mujer la obsevó, perpleja.
—¿Qué familia dijo?
—Los Robles, se hospedan aquí, claro —replicó, sorprendida y algo confusa.
—No es posible. Usted es el único huésped, de hecho ha sido la única persona que ha venido en meses.
La joven sintió un frío que no era del desierto. Miró hacia el comedor. Estaba vacío. El fuerte olor a estofado se había ido.
—Pero… comí con ellos. Estuve todo el tiempo hablando con ellos. No puede ser.
—Usted no hablará de esta familia, ¿no? —preguntó la mujer, mientras le señalaba un cuadro que había sobre la pared.
Era el retrato de una familia sonriendo, vestidos con ropa anticuada. Sin duda eran ellos cuatro. Laura se puso blanca como el papel. Debajo aparecía una inscripción que decía “en memoria de la familia Robles que…”, las letras siguientes casi no se veían y la joven no pudo seguir con la lectura.
—Es una familia que se hospedó hace muchos años, en la época del gran incendio cuando la ruta era construida y venían a parar aquí las familias de los trabajadores. Había más casas pero todo quedó destruido y sólo este hotel sigue en pie. Nadie de la familia Robles sobrevivió. El hotel fue cerrado después. Yo lo abrí hace un año. Un negocio inútil, probablemente lo venda.
—Pero… pero…
Laura no lo podía creer, su mente se negaba a ver la verdad.
—Son apariciones. Cosas que el hotel no deja ir. A veces los oigo, pero siempre pensé que era yo no más. ¿Usted me dice que lo vio?
Laura sintió que su mundo se derrumbaba, balbuceó un saludo de despedida, le entregó las llaves de su habitación y luego salió del hotel sin responder. Estaba por subirse al auto cuando escuchó una voz a su espalda, Mateo la saludaba desde un costado del hotel, su hermano estaba parado detrás de él, no sonreía, parecía triste… triste de que ella se fuera y los dejara allí, solos y en silencio.
CRÉDITOS: el cuento es de mi autoría, las imágenes tienen su fuente debajo.