El teléfono de Rafael dejó de sonar.
Y en el silencio que quedó, solo se escuchaban nuestras respiraciones. La mía entrecortada. La suya profunda.
Sus brazos seguían rodeando mi cintura, como si no quiera soltarla nunca y mis dedos seguían enredados en su cabello.
—¿Sabes qué, Sofía? —murmuró sin soltarme.
—Dime.
—Cuando soñé con esta noche… nunca pensé que habría una mujer llamada Yenifer en el lobby.
Solté una risa baja contra su pecho.
—Bienvenido a mi mundo. Aquí nada sale como se planea.
—Eso me gusta—dijo él—. Me gusta que nada salga como planeas.
Y entonces me besó.
No fue un beso tranquilo. No era de esos besos de película donde todo es perfecto y romántico. Fue un beso con hambre de dos años. Con manos que apretaban donde podían con desesperación. Con dientes que se encontraban y labios que no querían soltarse.
Me empujó contra la pared del balcón. El frío del mármol atravesó mi espalda, pero el calor de su cuerpo me hacía olvidar todo.
—Rafael… —apenas pude decir entre beso y beso.
—¿Qué?
—Yenifer…
—Que se espere —gruñó contra mi cuello.
Y yo, que siempre quiero tener el control, en ese momento lo perdí todo, pero no me importó. Porque él mordió justo donde sabía que iba a temblar. Porque sus manos recorrieron mis piernas y encontraron el borde de mi vestido rojo sangre.
Lo levantó. Poco a poco. Mirándome a los ojos cada vez que rozaba mi piel.
—Dime que quieres esto —pidió él, con la voz ronca.
—Lo quiero, es más, lo deseo —dije sin dudar—. Te quiero.
No hicimos el amor. Eso habría sido demasiado bonito, demasiado perfecto para dos personas que se habían reencontrado después de dos años.
Lo que hicimos fue más salvaje. Más verdadero.
Lo hicimos contra la pared del balcón. Con el vestido rojo hecho un desastre. Con el teléfono de él vibrando en el suelo y el mío sonando también porque Javier seguramente me avisaba que Yenifer ya había perdido la paciencia.
Pero nada de eso importaba en ese momento.
Porque cuando él me susurró al oído "Sofía, no te alejes de mí otra vez", supe que no iba a ser solo una noche.
O puede que sí.
Tal vez esa noche iba a ser la última nuevamente y él iba a bajar al lobby, iba a encontrarse con Yenifer, iba a disculparse y se iba a ir con ella.
Pero en ese momento, sudados y temblorosos y despeinados, los dos sabíamos que algo había cambiado.
Él se recostó a mi lado en la cama destendida. Pasó un brazo por mi cintura y apoyó la frente en mi nuca.
—¿Sabes lo que estoy pensando? —preguntó.
—¿Qué?
—Que tengo que ir abajo.
—Lo sé.
—Que ella va a estar molesta.
—También lo sé.
—Que no me importa.
Esa sí no me la esperé.
Me di la vuelta para verlo. Su cara estaba roja de la vergüenza y pues claro, del enredo que acabábamos de hacer.
—¿Cómo que no te importa? —pregunté.
—No me importa —repitió—. Porque voy a bajar, voy a hablar con ella, voy a terminar lo que tenga que terminar… y luego voy a volver.
—¿A volver? ¿Aquí?
—A volver a ti —dijo él, y me besó la frente—. Si es que me dejas, claro.
Y ahí estaba yo. Sofía. La mujer de principios. La que no se enamora. La que tiene todo controlado.
Con el vestido rojo hecho un rollo en el suelo. Con el cabello que parecía un nido de pájaros. Con el corazón latiendo como si hubiera corrido un maratón.
Y con un hombre que me miraba como nunca nadie, lo había hecho antes.
Bajó. Se puso los pantalones, se pasó la mano por el pelo, me lanzó una última mirada y salió.
Yo me quedé en la cama, desnuda bajo las sábanas, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo.
Javier entró a los cinco minutos.
—Jefa, ¿está bien?
—Estoy perfecta —mentí, porque lo estaba, pero no como él creía.
—¿Qué hacemos con la mujer?
—Nada —dije, y sonreí—. Él va a encargarse de ella.
Javier arqueó una ceja pero no preguntó más. Cerró la puerta y me dejó sola.
Esperé diez minutos, esos se convirtieron en veinte y luego en media hora.
El teléfono no sonaba. El corazón se me estaba saliendo del pecho.
Y cuando ya estaba convencida de que me había mentido, de que se había ido con ella, de que todo había sido una bonita ilusión de una noche…
La puerta se abrió.
Ahí estaba Rafael. Solo. Con el mismo despeinado de antes. Con los labios todavía hinchados de besarme.
—¿Y? —pregunté, haciendo un esfuerzo enorme por sonar indiferente.
Él se acercó a la cama, se quitó los zapatos y se metió debajo de las sábanas conmigo.
Me abrazó por detrás y susurró contra mi hombro:
—Se acabó.
—¿Qué cosa?
—Todo. Ella. Las dudas. Los dos años perdidos —dijo—. Se acabó.
Cerré los ojos. Sentí su pecho pegado a mi espalda. Su corazón latiendo tan rápido como el mío. Era algo mágico.
Y por primera vez en mi vida, la mujer fría y calculadora, se le acabaron los planes, y no tenía idea de lo que pasaría al día siguiente.
Solo quería quedarme ahí. En la habitación 309. Con él.
Afuera, la noche seguía su curso.
Pero dentro de ese hotel, en la habitación 309, el tiempo se detuvo.
Y esa fue la noche en que en lugar de robarme a un hombre…
él me robó a mí.
Y bueno, así terminó esa noche. O mejor dicho, así comenzó todo.
Gracias por llegar hasta aquí. Nos leemos en la siguiente. ❤️