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I am a writer, editor, and sociocultural expert, not a nutritionist. But I am a man, a husband, and a father who has borne the responsibility for his health and that of his family for decades, and I have seen firsthand how moral panic takes hold on our plates. I have fallen for fad diets, demonized foods, and, like almost everyone else, searched for the perfect scapegoat to explain my fatigue or my weight. And I have come to a simple conclusion, almost too simple given the noise that surrounds us: there are no bad foods. There are bad proportions. There is misplaced fear.
Popular narratives are lazy. They need villains. First it was fats. Then carbohydrates. Then red meat. Then gluten. It's a horror movie where the monster changes every five years. This approach is not only wrong, but harmful. It tells people that the key is elimination, purity, a list of forbidden foods. And that's a recipe for obsession and failure.
My grandmother, who lived to her nineties with enviable lucidity, didn't know what a complex carbohydrate was. She ate bread and butter for breakfast. She ate chickpeas with chorizo or an omelet, or she'd have a barbecue, etc.
She didn't count grams of fat. She didn't read labels. She simply ate real food, in normal portions, and she was active. She swept, mopped, walked to the market, and climbed stairs her whole life.
Her diet wasn't "clean" by Instagram standards. It was balanced in practice, within the context of an active life.
That's the point we've lost: context and balance. A plate of pasta isn't "bad." It's energy. What can be foolish is eating a kilo of pasta sitting on the couch all day.
A steak isn't poison. It's protein and iron. What's a problem is eating steak three times a day, every day. Animal fat, demonized for years, is necessary for countless bodily processes, including brain function. Is an excess of saturated fat problematic? Of course. But too much of anything is. Even too much water is bad for you.
The real enemy isn't any macronutrient. It's ultra-processed foods, those products that are chemical formulas designed to be addictive, which our bodies don't recognize as food and which displace real food.
And the other enemy, perhaps the biggest, is a sedentary lifestyle. You can eat the "cleanest" and "organic" diet in the world, but if your most active activity is typing, your body will suffer.
With children and teenagers, this is critical. Teaching them that chocolate is "bad" only turns it into a forbidden object of desire, a reward.
What we need to teach them is that chocolate is a treat, something to eat occasionally, not the foundation of their diet. That one day it's chicken with salad and another day it's pizza. That variety is normal.
If they grow up with the concept of "diet" as a punitive restriction, they will associate healthy food with punishment and "bad food" with rebellion and pleasure. We need to give them tools, not lists of prohibitions.
They need to learn to listen to their true hunger, to stop when they're full, and to understand that food is, above all, fuel and one of life's great pleasures, not a moral minefield.
My rule now is simple: I eat food. Not food products. I try to make half my plate vegetables, include a decent protein, and some carbohydrates appropriate for my activity level that day. I eat when I'm hungry, and I stop when I'm satisfied. I move every day, even if it's just walking. And I don't feel guilty about a burger or a slice of cake. Because health lies in the weekly balance, not in the purity of a single meal. Obsession is just as unhealthy as junk food.
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Soy escritor, editor, socioculturólogo, no nutricionista. Pero soy un hombre, un esposo y un padre que ha cargado con la responsabilidad de su salud y la de su familia durante décadas, y he visto de primera mano cómo el pánico moral se instala en el plato.
He caído en dietas de moda, he demonizado alimentos y, como casi todos, he buscado el chivo expiatorio perfecto para explicar mi cansancio o mi peso. Y he llegado a una conclusión sencilla, casi demasiado sencilla para el ruido que nos rodea: no hay alimentos malos. Hay proporciones malas. Hay miedo mal ubicado.
La narrativa popular es perezosa. Necesita villanos. Primero fueron las grasas. Luego los carbohidratos. Luego la carne roja. Luego el gluten. Es una película de terror donde el monstruo cambia cada cinco años. Este enfoque es no solo erróneo, sino dañino. Le dice a la gente que la clave está en la eliminación, en la pureza, en una lista de lo prohibido. Y eso es una receta para la obsesión y el fracaso.
Mi abuela, que vivió hasta los noventa y pico años con una lucidez envidiable, no sabía qué era un carbohidrato complejo. Desayunaba pan con mantequilla. Comía garbanzos con chorizo o una tortilla o preparaba una barbacoa, etc.
Ella no contaba gramos de grasa. No leía etiquetas. Simplemente comía comida de verdad, en cantidades normales, y se movía. Barrió, fregó, caminó al mercado y subió escaleras toda su vida.
Su dieta no era "limpia" según los estándares de Instagram. Era balanceada en la práctica, en el contexto de una vida activa.
Ese es el punto que hemos perdido: el contexto y el balance. Un plato de pasta no es "malo". Es energía. Lo que puede ser estúpido es comer un kilo de pasta sentado en el sofá todo el día.
Un filete no es un veneno. Es proteína y hierro. Lo que es un problema es comer filete tres veces al día, todos los días. La grasa animal, demonizada durante años, es necesaria para infinidad de procesos corporales, incluida la función cerebral.
¿Que un exceso de grasas saturadas es problemático? Claro. Pero el exceso de cualquier cosa lo es. Incluso el exceso de agua te mata.
El verdadero enemigo no es ningún macronutriente. Son los ultraprocesados, esos productos que son fórmulas químicas diseñadas para ser adictivas, que nuestro cuerpo no reconoce como alimento y que desplazan a la comida real.
Y el otro enemigo, quizás el más grande, es el sedentarismo. Puedes comer la dieta más "limpia" y "orgánica" del mundo, pero si tu mayor gesto físico es teclear, tu cuerpo se resentirá.
Con los niños y adolescentes esto es crítico. Enseñarles que el chocolate es "malo" solo lo convierte en un objeto de deseo prohibido, en un premio.
Lo que hay que enseñarles es que el chocolate es un gusto, algo que se come a veces, no la base de la alimentación. Que un día hay pollo con ensalada y otro día hay una pizza. Que la normalidad es la variedad.
Si crecen con el concepto de "dieta" como una restricción punitiva, asociarán la comida sana con el castigo y la "comida mala" con la rebelión y el placer. Hay que darles herramientas, no listas de prohibiciones.
Que aprendan a escuchar su hambre real, a parar cuando están llenos, y a entender que la comida es, sobre todo, combustible y uno de los grandes placeres de la vida, no un campo minado moral.
Mi regla ahora es simple: como comida. No productos alimenticios. Intento que la mitad de mi plato sean vegetales, que haya una proteína decente y algún carbohidrato acorde a mi actividad ese día. Como con hambre, paro cuando estoy satisfecho. Me muevo todos los días, aunque sea caminar. Y no me siento culpable por una hamburguesa o un trozo de tarta. Porque en el balance semanal, no en la pureza de una comida, reside la salud. La obsesión es tan insalubre como la comida basura.